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Cambio cultural

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Cambio cultural

Por José Arturo Ealo Gaviria. Las investigaciones más recientes apuntan a la cultura como el único atributo que nos distingue del resto de los animales. No es que ellos carezcan de cultura, solo que la nuestra es diferente. La cultura de nosotros se determina por el efecto trinquete, para decirlo en otros términos, no cabe la marcha atrás ni el olvido y todo nuestro conocimiento es acumulado.

¿Por qué vale la pena reflexionar acerca de los cambios que hacen efecto en la cultura? Nada más y nada menos porque están transformando nuestras vidas en mayor medida que en otros cambios, como el climático o la aparición de China como primera potencia mundial, aunque no parezca así.

Entonces, ¿qué es realmente nuevo y trascendental? Primero, la irrupción de la ciencia en la cultura popular: a veces, ciencia para andar por casa, como lavarse las manos y desinfectar la ropa, y en otras ocasiones, ciencia de laboratorio, como los antibióticos. Ambas han triplicado la esperanza de vida. Contamos con 40 años de vida redundante en términos biológicos y, por lo tanto, por primera vez en la historia de la evolución comenzamos a explorar si hay vida antes de la muerte y, si la hay, a gozarla. Hasta hace poco, todo el mundo estaba empeñado solo en saber si había vida después de la muerte.

El segundo cambio peculiar consiste en haber aprendido que no solo podemos cambiar la cultura: también los sistemas educativos y las estructuras cerebrales. Un célebre experimento de los taxistas de Londres ha permitido comprobar que la práctica individual podía afectar a la estructura de nuestros mecanismos mentales. Resulta que el hipocampo (eminencia alargada situada junto a los ventrículos laterales del cerebro) de los taxistas londinenses es significativamente mayor que el de los conductores británicos. ¿Por qué? Simplemente porque para saberse todo el callejero de Londres hace falta tres años ejercitando la memoria.

Por primera vez en la historia de la evolución, la ciencia nos está demostrando que somos dueños de nosotros mismos. Para hallarlo, ¿cuál es el área o momento para actuar? También eso lo sabemos, gracias al experimento efectuado en la Universidad de Columbia, en Nueva York sobre la importancia trascendental del período que va desde el vientre de la madre hasta los siete años de edad. Durante cuarenta años se ha seguido el comportamiento de niños a los que se había sometido en la escuela a pruebas de control de sus propias emociones. Quienes habían resistido y también sabido gestionarlas alcanzaron, en promedio, un mayor equilibrio en su etapa adulta. No abandonemos este período de I+D (investigación y desarrollo) haciendo referencia a la investigación en ciencias aplicadas o bien ciencia básica, todo pagado, que va desde el nacimiento hasta los siete años. No solo sabemos eso. La mayoría de los organismos internacionales pueden ahora aconsejar que la mejor opción para recordar los índices de violencia de las sociedades del futuro es la introducción del aprendizaje social y emocional en la más tierna infancia. Ocuparnos de aprender a gestionar algo de lo que no nos habíamos ocupado nunca: nuestras emociones básicas y universales.

Y como si fuera poco, se ha perfilado ya el consenso a nivel mundial para la imprescindible reforma educativa. Se deberá aprender a gestionar la diversidad característica del mundo globalizado en lugar de ocuparnos solo de purificar contenidos académicos en las mentes infantiles. Contamos con las redes sociales para contrastar pareceres y culturas diferentes gracias al soporte digital, que nos permite relacionar disciplinas distintas. Sin eso, la innovación es imposible.

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Nuestra cultura se determina por el efecto trinquete, es decir, no cabe la marcha atrás ni el olvido y todo nuestro conocimiento es acumulado.


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