en el meridiano cultural | Publicado el

El mar que nunca será

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Por Leo Castillo

Busco profundamente tu rostro aquella noche en el bar, en particular tus ojos apasionadamente oscuros, que han escapado como dos brillantes insectos a través de una telaraña para perderse en la noche irremediable. 

Revivo el movimiento de mis labios, que conocen de memoria los espejos, y las palabras que aletearon desde mi boca a tu concentrada inminencia.

No he tocado una hebra de tu pelo relumbrante, ni sabrás del obstinado embrujo de tu presencia: ¿por qué revelarlo, si no pretendo ir más allá de mí hacia ti del momento irrepetible, en que tu boca levemente entreabierta apara el aliento de mi voz y lo deja difundirse en tu ser como una ola de aire cálido penetra en la humedad el cuenco del acantilado?

Busco tus ojos, tu manera de parpadear ante ciertos riscos de la conversación, alcanzados insensiblemente, catapultados ambos en una majestuosa pleamar que eleva la emoción entre un hombre y una mujer desconocidos, que ignoran si volverán a verse igual o que la marea bajará a una prosaica apacibilidad de los sentidos en que ya solamente un mustio qué tal baste para dejarnos libre el paso en una acera torpe, mientras tu novio tira brusco de tu brazo, reviviendo la incómoda noche que le hicimos fatalmente pasar mientras nos bebíamos como coñac las miradas y él quedaba expulsado de ese reino que una mujer inteligente y bonita hace construir a un hombre como yo, un solitario cazador de las luciérnagas de una mirada en los bares en que me siento a dejar que la música y el tiempo fluyan y refluyan, como ese mar embriagado de ti, que en estas palabras persigo para mi historia personal de las cosas que nunca serán.


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