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En la esquina del barrio

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En la esquina del barrio

Por Alexis Ramos Blanco

Mucho tiempo antes del internet, los videojuegos y demás novedades que hoy día mantienen a nuestros adolescentes encerrados en un mundo virtual asocial, limitados en la necesaria interacción humana, existió en mi barrio una esquina donde reposaba una gran piedra caliza, bien fuera de día o de noche los adolescentes del barrio acudíamos a un llamado de la naturaleza. Hasta allí llegábamos cual impostergable cita a posarnos en esa piedra o a recostarnos en sus bordes los que no cabían arriba de ella, para hablar de lo divino y lo humano, de los sueños y las frustraciones, desnudando nuestras almas, buscando el consuelo, el apoyo, la guía, la complicidad del bonche. Cualquier motivo era bueno, y una seña o un chiflido bastaban para convocarnos, allí nos hicimos hermanos de diferentes madres. 

En esa esquina nos rebautizamos con apodos, posamos de galanes cuando las voces auguraban la cercanía de caderas anchas, nos hurgamos los bolsillos en noches de viernes, haciendo vaca para una botella, para que luego el amanecer nos descubriera en etílico sopor recostados unos sobre otros, mientras las sombras se persignaban detrás de las cortinas de las casas vecinas.

Celebrábamos ver los barriletes alzarse al cielo, descubrimos la tapita, el trompo, la bola de trapo y demás juegos que nos mantenían el corazón alegre y los músculos calientes, aprendimos los pasos de la salsa y la champeta, emulamos a Michael Jackson, y a Bob Marley y supimos quienes querían ser como Pambelé o el Jackie Gutiérrez, médicos, maestros o tantas otras cosas.

Allí tuvimos la suerte de crecer el uno junto al otro y para el otro, compartiendo certezas y temores, inventarnos formas de encarar lo mejor posible el impostergable crecimiento. En este lugar, entre risas, burlas o seriedad compartimos nuestras vidas, las experiencias de la lúdica, el despertar de nuestra sexualidad, planificamos, serenatas, parrandas y conquistas.

Este espacio del barrio que mi generación conquistó y que los adolescentes de hoy al parecer perdieron, representaba una parte importante del diario vivir, era vital, necesaria, atrayente, allí equipamos el carácter y las ganas, tal vez obedeciendo a la genética, que califica al ser humano como un animal social, virtud que hoy en nuestros adolescentes  pareciera estar amenazada, es sabido que viven en una sociedad distinta a la que tuvimos nosotros, con influencias, modelos y necesidades diferentes, pero creo necesario el esfuerzo por recuperarles cualquier  espacio de socialización, como la esquina del barrio, menos virtual, más real.

P.D. Con el paso del tiempo crecimos y tuvimos que marchar hacia otros lugares, pero llevábamos esa la esquina, esa piedra con nosotros, como el caracol lleva su casa, por eso hoy lo recuerdo todo y escribo estas letras.

Dedicado a la memoria de Roicer Sarmiento, Lermis Hernández, Y Ángel Muñoz habitantes de la esquina, que el supremo   creador quiso que marcharan primero al encuentro con su presencia.

A los jóvenes del barrio, amenazados por su realidad 

- a que recuperen ese espacio social, la esquina del barrio es una buena opción.

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“Las esquinas son y son y son, iguales en todos lados” (Ismael Miranda).


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