Cultural | 12:15 AM, 2020-07-26 | Sincelejo

Amor de cuarentena

La vida del hombre es solo un breve momento en el tiempo, un efímero parpadeo sideral. En medio de la angustiosa incertidumbre de la pandemia, Juan aprendió de la manera más dolorosa una lección de vida: el error de construir el presente con la mirada puesta en el pasado.
Amor de cuarentena
Por: Gildardo Pérez Acosta
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Después del placer los dos quedaron exhaustos bocarriba con la mirada perdida en la nada. “Ha sido una cuarentena intensa en todo”, expresó Lucía con un hilo de voz.

Juan la miró de reojos y sonrió sin fuerzas. “Lo importante es mantener la distancia física con la demás gente para que ningún virus nos aleje de este paraíso efímero”, dijo él.

“Ah, efímero”, replicó ella con ironía.

Juan intentó levantarse de la cama, pero ella lo tomó del brazo: “Apelaste  a los detalles para conquistarme. Pero intenté evitarlo, porque estaba convencida de que aún la amabas. Ojalá no haya tenido razón”, le dijo Lucía.

“Relájate”, le respondió él. “No dañes el encierro. Ya hasta se me había olvidado que ella existía. Yo estoy contigo. ¿Sabes cuál es el secreto del sentido común? Que no es tan común”, le dijo sin mirarla.  

Juan y Lucía se refugiaban de un virus en una habitación blanca y fresca, pero estrecha. Para llegar a ella había que subir por una escalera peligrosamente empinada y sin barandas. Tenía la forma de una ele mayúscula al revés. 

En el cuarto había una ventana polarizada sin cortinas; en su interior, una pequeña cama y un estante blanco que hacía las veces de clóset. Un abanico de techo zumbaba incesante como un moscardón. 

Durante los días que llevaban confinados, Juan y Lucía habían aprendido a administrar el encierro. Sus discusiones no obedecían a problemas de convivencia. Por el contrario, se repartían los quehaceres diarios de manera democrática. 

No obstante, en el fondo ambos sabían que la intensidad del deseo mutuo que alimentaba ese romance era defectuosa, porque ella buscaba en él lo que él siempre había buscado en otras y él buscaba en ella lo que a ella más le fastidiaba de él: Lucía quería sentir que le importaba a Juan. Él, en cambio, anhelaba que ella asumiera la relación como algo pasajero, circunstancial. Y no se preocupaba por disimularlo. Por eso, más allá de las caricias había en ella un vacío de insatisfacción por la extraña armonía en que él concebía la relación.

"Tú a mí no me amas de verdad. He aprendido que si alguien no te cela ni un poquito, le importas muy poquito", le decía a menudo Lucía. 

Y en cierto modo ella tenía razón. La naturaleza de él era, en esencia, posesiva. Solo que los errores cometidos en relaciones pasadas habían creado en él una especie de sosiego que la lastimaba.

Por más que Lucía quería esconder esa frustración, tarde que temprano la exteriorizaba. Con frecuencia, después de alcanzar un orgasmo rompía en llanto.

“¿Por qué lloras?”, le preguntaba preocupado Juan.

“No me prestes atención. Son meras susceptibilidades y rarezas de nosotras”, le respondía ella con voz entrecortada por el llanto.

En momentos así, Juan se volvía creativo para sacarla de ese estado triste. 

En una ocasión le planteó un juego. “Oye, te voy a hacer unas preguntas y tú me respondes lo que quieras: ¿por qué crees que el corazón es el órgano del amor? ¿Por qué no el hígado o las vísceras?”.

“Porque al igual que el tiempo no se detiene”, respondió ella.

“Los demás tampoco se detienen…”, le replicó él.

“Pero no palpitan de esa manera insistente”, dijo ella

“¿Y por qué no el estómago, que es más sensible a las caricias?”, insistió Juan.

“Está muy lejos de los pensamientos”, anotó Lucía.

“Defiendes el corazón porque de sus latidos pende la vida misma”, argumentó Juan.

“No”, le susurró al oído ella. “Lo defiendo por su rebeldía: está a la izquierda como un acto de desacato frente a un mundo que gira en torno a la derecha”.

Quizá esa perspicacia de ella era lo que más le gustaba a Juan. Lo seducía esa capacidad de reacción genuina frente a interrogantes que cualquiera respondería con una frase de cajón. "Si no fuera porque eres tan insegura serías la novia perfecta", le dijo Juan a manera de chanza.

Ella le respondió con un reclamo: "Si no estuvieras tan atrapado en tu pasado a lo mejor tendrías conciencia de la magnitud de tu presente". Él volvió a reír. "Bueno, aunque no me creas, mi pasado es cosa juzgada. Ya lo superé y estoy seguro de que ella debe estar pagando lo que me hizo". 

"Te equivocas", espetó Lucía. "Si haces alarde de que olvidaste, olvídate de que has olvidado. Olvidar es otra vaina menos pretenciosa. Olvidar es no darse cuenta de que has olvidado. Es tener la dicha de mirar el dolor pasado, verse al espejo y reír sin sed de venganza ni añoranzas", le dijo ella mirándolo a los ojos.

Conforme avanzaban los días la pandemia se propagaba en la ciudad. Se sabía poco de la enfermedad porque el virus no actuaba de la misma forma en todos los casos. Algunos contagiados iban perdiendo la capacidad motriz hasta quedar inmóviles como árboles. Había que alimentarlos por medio de un proceso intravenoso para evitar que murieran por inanición.

En otros organismos la enfermedad se mimetizaba en una apariencia sana, desprovista de cualquier síntoma. No obstante, estos infectados poseían una carga viral con un poder de propagación ilimitado.

“Esta pandemia nos ha convertido en sociedades con gobiernos medievales. El Estado nos ha conculcado la poquita libertad que poseíamos: se ha metido hasta en la habitación. Maldito virus, debería desaparecernos a todos de una vez por todas”, decía con frecuencia Juan.

Algunos de los que hasta ahora se habían salvado del peligroso virus relataban que lo más duro no había sido perder los movimientos por algún tiempo, sino la sensación de fiebre interna que los llevaba a revivir los recuerdos más dolorosos. Era como bajar al infierno y paralizarse en un pasado triste. Decían sentir el dolor agudo de un punzón que les malograba algo muy adentro. Eran los fantasmas de las desgracias pasadas atacando en desbandada las almas inermes de los enfermos. Juan y Lucía eran conscientes del peligro al que estaban expuestos con el solo hecho de salir a la puerta. 

A él le causaba indignación pensar que solo tenía derecho a ir dos veces por semana al supermercado. El tapabocas le producía una sensación de ahogo insoportable. Andar sin este era un acto suicida que a veces asumía en una demostración de su naturaleza indómita.

En una ocasión, mientras hacía la cola para abastecerse de provisiones, Juan sintió la desesperada necesidad de tener cerca a Lucía. Quería volver pronto al pequeño refugio para estar cerca de ella. Se preguntaba por qué, si estaba seguro de que no la amaba, sentía por momentos esa especie de dependencia. 

La fila parecía no avanzar y a varios les importaba poco mantener la distancia sugerida para evitar la propagación del virus. Juan dejó de pensar en Lucía y se dedicó a escuchar a dos mujeres mayores que estaban detrás de él charlando sobre sus hijos. Notó que ambas comenzaron el relato por el hijo que estaba más lejos. 

“Y yo creyendo que la lejanía le resta fuerzas al amor. Se puede seguir amando desde lejos, siempre que haya formas de retar la distancia, como ahora lo están haciendo ellas”, pensó Juan para matar el tiempo en la fila. 

Cuando regresó le contó a Lucía lo de las dos mujeres y las ganas que sintió de volverla a ver. “Me ha pasado exactamente lo mismo”, le respondió ella. “Con el agravante de que para mí tú lo eres todo”. Él sonrió. “Siempre te comes las flores”, le dijo.

Ella se le abalanzó y lo besó sin cuidado y con tanta intensidad que le maltrataba los labios. “Quiero que me recuerdes por el resto de tu vida como la mujer que te quiso con tanta fuerza y desmesura. Quiero quererte hasta que se me acaben las fuerzas y no resista quererte más. Quiero recordarte como el hombre que más quise”, le decía Lucía mientras se desnudaban el uno al otro.

Ese día quedó para siempre en la memoria de Juan, porque comprendió que él era para ella un sueño convertido en realidad, sin tiempo ni modo. Se sintió tocado en su ego por la fuerza magnífica del amor. Por primera vez, después del sexo, no hubo palabras frías ni inteligentes de su parte. Solo caricias.

Al día siguiente, tirado en el piso, Juan veía las noticias en el celular. Le contaba a Lucía que las morgues estaban colapsadas. En una desesperada medida por evitar la propagación del virus, las autoridades de salud embalaban los cadáveres en plástico transparente. Luego los llevaban colgados de una soga en helicópteros y los cremaban de manera rudimentaria en un sitio que habían dispuesto a las afueras de la ciudad.

La vida había cambiado diametralmente desde que comenzó la pandemia. El sistema, que parecía imparable, se había detenido de golpe y junto a él los afanes de sociedades enteras envueltas en el consumismo desbordado. 

Los centros comerciales eran bodegas oscuras con apenas los supermercados abiertos. Estaban apagados los estantes exhibidores de joyas, zapatos, ropas, relojes…Los aeropuertos parecían cementerios de palomas gigantes que habían quedado petrificadas y con las alas abiertas luego de esparcir la peste.

Mientras la humanidad se escondía humillada, la naturaleza se había liberado. En el mar y la selva las especies vivían su propio carnaval. Ahora, en esa calma repentina, ellas intervenían el hábitat de los hombres en las calles, parques y barrios. Los videos improvisados de animales salvajes en algunas ciudades pululaban en las redes sociales.

“Si salgo vivo de esto, replantearé muchas cosas. Lo normal no deberá seguir siendo tan normal”, dijo Juan.

“De acuerdo”, le respondió Lucía. “Siembra por lo menos un limón en un parque, mientras yo te hago el video”, agregó con una carcajada.

“No me refiero a ese tipo de pendejadas”, la increpó él. “Hay que entender de una vez por todas que tan solo somos una especie sobrepoblada que se opone a la regulación cíclica del universo”.

“Me asustan tus reflexiones”, le dijo ella, muerta de la risa. “Deberías pensar más bien en que no volveremos a vivir una cuarentena así. Ningún momento se repite. No te guardes nada para después”, le sugirió Lucía.

Estaba claro que eran seres distintos hasta en los pensamientos más remotos. Él siempre creando ventanas para escapar del presente hacia un futuro incierto. Ella, queriendo congelar el tiempo en un presente que le hacía daño, pero en el que se sentía viva.

Se habían conocido en los albores de un año lleno de expectativas. Ambos, sin trabajo, habían coincidido en las redes en busca de vacantes. Al principio los mensajes solo se centraban en la urgencia de un empleo. Luego compartieron números y poco a poco las llamadas nocturnas se alargaron. El día de la primera cita, Lucía llegó primero y le robaron el celular.

Cuando Juan llegó la encontró temblando de miedo. No sabía si abrazarla o llamar a la policía. De todos modos ya se había inculpado por su tardanza, una conducta repetitiva en él. Fue la cita más corta en la historia de los dos: “Llévame a mi casa, de donde nunca debí salir”, le pidió ella, jadeante de susto.

Antes de subir las escaleras, Lucía pidió que la dejara allí. Se despidieron con un beso en la mejilla. Esa noche, cuando ella concilió la tranquilidad, tuvo conciencia de que en el celular estaba casi toda su información. Se sintió atada e impotente. Se arrepintió de haber acudido a la cita.

En la habitación donde vivía pensionado, Juan no dejaba de pensar en el susto que debió sentir Lucía. En una ciudad plagada de delincuentes, los robos eran parte del paisaje. Atracaban en moto, en carro, en bicicleta, caminando, en las terrazas de las casas, dentro de las casas… “Pobre Lucía. Ahora sin trabajo y sin teléfono”, pensó.

Al día siguiente, lo primero que vio Lucía cuando se asomó a la ventana fue la cara de Juan. Ya adentro, hablaron del hecho y se burlaron de ellos mismos. Ella le brindó comida y antes de irse, él le robó un beso que casi termina en la cama. 

“Mejor dejémoslo para después”, le dijo ella.

“Sí, mejor”, le contestó Juan sonriendo. “No vaya a ser que ahora seas tú la que termine atracándome los pensamientos”.

Así se iba contrariando Lucía en la medida en que se hundía en un pantano de obsesiones. Al principio llamaba a la calma. Ahora en medio de la interminable cuarentena era ella la que ardía en una hoguera de desasosiego.

“¿Tú qué piensas de esa gente que mata por amor”, le preguntó a Juan.

“Si mata no es amor”, le respondió él.

“¿Tú serías capaz de matarme?”, le preguntó él.

“No creo aunque lo intentara de mil formas. A la hora de la verdad no podría”, anotó ella.

“Avísame si te decides. Debe ser más emocionante morir sabiendo la hora exacta en que se deja este mundo”, le dijo Juan.

En efecto, Lucía nunca se habría atrevido a matarlo, pero se preguntaba qué motivaba a alguien a acabar con la vida de la pareja. Pensó que si algún día descubría una infidelidad de Juan, lo más cruel que haría sería sacarlo del corazón y de su cuarto. Evitaría volver a verlo. No pensaría en los momentos de felicidad que vivieron. “Pero matarlo no. Hay que ser muy valiente y loco para eso. Y yo, la verdad, me asusto de solo imaginar la escena”, se dijo Lucía.

Sin embargo, no hallaba paz y no entendía por qué, si estaban juntos todo el tiempo y hacían el amor con tanta frecuencia que incluso la menstruación había dejado de ser impedimento. Hablaban, reían, leían, veían juntos las redes... Cuanto más acerbo era el sufrimiento, más impetuoso su amor por él.

Había llegado a creer que toda esa turbulencia constante de sentimientos era producto del encierro, pues la relación comenzó días antes de la cuarentena y por eso habían vivido pocas experiencias en el exterior. Las más significativas ocurrían cada día en el pequeño espacio que ella decidió compartir con él desde el momento en que le propuso que la acompañara mientras pasaba el aislamiento.

Juan, en cambio, vivía un momento de tranquilidad. Había apaciguado los miedos del pasado y se estaba preparando para afrontar los coletazos de la pandemia en un futuro inmediato. Lucía era para él una especie de recarga anímica. Por eso, quizá, la necesidad de tenerla cerca.  Sentía tanta plenitud por su comportamiento en el sexo a tal punto que los orgasmos dejaron de ser el placer temprano que muchas veces lo habían dejado mal parado. Ahora había ocasiones en que ni siquiera los alcanzaba, mientras ella quedaba exhausta, satisfecha. Eso lo hacía un hombre feliz.

A Lucía y Juan les gustaba mayo porque era el inicio de los aguaceros torrenciales con truenos y relámpagos que parecían explotar en el dormitorio. Eso les generaba una sensación de vértigo y al mismo tiempo los hacía sentirse vulnerables ante la fuerza descomunal de la naturaleza. Una madrugada de insomnio y locura aprovecharon la ausencia de ley para bañarse en una lluvia que luego les causó escalofríos.

Mayo también era el mes de los mangos maduros, la fruta predilecta de Lucía. Abundaban tanto que los vendedores ambulantes, para los cuales la cuarentena se había convertido en una oportunidad de negocio, los recogían de los árboles de las avenidas y parques. Luego los vendían o simplemente los cambiaban por cualquier cosa.

“El mango es la definición exacta de nuestra relación: en una etapa de la vida es verde y agrio como tú conmigo. Al final se vuelve almíbar y amarillo como yo contigo”, le dijo un día ella a Juan.

Ante estos ataques sarcásticos de Lucía, Juan respondía casi siempre con una carcajada o simplemente asentía con la cabeza. A veces también tenía una respuesta, como en este caso. “Me gusta tu comparación. Y también es cierto que nos parecemos al mango, porque nos pueden comer en cualquier momento. Al principio nos tienen que persuadir con un poquito de sal y pimienta. Después no exigimos nada”, respondió Juan. Lucía se rio tanto que se le salieron las lágrimas.

Así se la pasaban: en una constante guerra de palabras que aunque disfrazadas de ofensas lo que llevaban en esencia era un gesto de complicidad mutua que se iba afianzado con el pasar de la cuarentena. Vivían encapsulados intentando resolver los acertijos de una relación contrariada, mientras afuera el mundo entero se caía a pedazos.

La última noticia que había leído Juan sobre la pandemia informaba que en la ciudad ya no había camas disponibles de cuidados intensivos y que en distintas partes varias personas se habían desplomado en las calles. Nadie las había auxiliado por miedo a contagiarse. Tampoco había medicinas y la mayoría de los médicos y enfermeras se habían infectado. Juan no quiso decirle nada a Lucía para no despertarla de la normalidad ficticia que habían creado los dos.

Así se hubieran pasado el resto de la vida de no ser porque esa realidad que trataban de ignorar se ensañó contra ellos con la furia implacable de un enemigo silencioso y de estratagema letal. 

Una mañana de mediados de mayo el cielo amaneció encapotado con la brisa fría que precede a un diluvio. A las 6:20 a. m. Lucía, que acostumbraba a dormir en posición fetal, despertó sudorosa de un sueño pesado. Cuando intentó ponerse bocarriba el brazo derecho, que muchas veces se había llevado al corazón cuando se sorprendía, no le respondió. Entonces utilizó el izquierdo y se acomodó con la cintura. Así se quedó en silencio por un largo rato para no despertar a Juan.

Cuando él despertó la vio con la mirada ida, clavada en el techo.

“¿En qué piensas tan temprano?”, le preguntó Juan.

“Tengo el virus. Mejor dicho, tenemos el virus”, contestó ella con voz trémula.

“¿Por qué lo dices? Si yo no me siento nada”, replicó él.

“Yo tampoco, pero  no puedo mover el brazo derecho”, le dijo Lucía.

En ese momento, Juan salió disparado de la cama y dio varias vueltas a la habitación.

Ella, todavía acostada, sabía que él la había infectado porque era el único de los dos que había tenido contacto con otras personas del exterior. Solo que hasta el momento era asintomático.

“Te tengo que ayudar a vestir para llevarte al hospital”, le dijo.

“Estás loco. Allá me muero más rápido. ¿Crees que no sé que todo es un caos y que ya no hay camas ni médicos para tanto enfermo?”, cuestionó Lucía.

“¿Entonces me cruzo de brazos?”, le preguntó él a manera de reclamo.

“Pues sí. He escuchado que algunas personas se han recuperado sin tomar nada”, le dijo ella.

“Ahora la loca eres tú”, respondió él.

Cuando estaba a punto de salir en busca de ayuda, Juan se tiró de espaldas contra la puerta. Sintió rabia consigo mismo y se llevó las manos a la cabeza, agobiado por la impotencia. Se llenó de culpa. Lloró en silencio por primera vez en mucho tiempo, pero era un llanto que lo autoflagelaba en vez de desahogarlo.

Ya en la calle se encontró con la soledad abrumadora del caos del que hablaba Lucía.  El silencio ensordecedor de la ausencia de orden. En ese instante quiso no haber deseado nunca vivir sin reglas, sin sistema. Por las ventanas de algunas casas se asomaba una que otra persona, pero solo para fisgonear quién era el que estaba violando la cuarentena. Pocos se atrevían a ayudar. El virus había logrado lo que no pudieron las autoridades: encerrar a familias enteras, pero ya era tarde: el mal se había desatado. Y con el encierro explotó el horror porque un solo infectado terminaba diseminando la  plaga al resto del núcleo. 

Después de caminar varias cuadras hacia el hospital más cercano, Juan tuvo conciencia de que, como de costumbre, se le había olvidado el tapaboca. Entonces se quitó la camiseta blanca con la que había dormido y la utilizó de careta. Ahora taparse el rostro con cualquier cosa generaba más confianza entre la gente. A tal punto habían cambiado las cosas.

Ya casi no había policías en las calles y los pocos que se atrevían a salir iban en camionetas de vidrios oscuros. Cuando sorprendían a alguien violando el aislamiento solo se limitaban a  parquear en cualquier parte y sonaban una alarma estrepitosa. Ningún uniformado salía de los vehículos a golpear a nadie. Tampoco a auxiliar. Era como si de tajo la humanidad hubiera perdido el ego que la mantenía en pie y hubiera caído arrodillada ante la ira de una enfermedad insaciable.

Cuando Juan llegó agitado a la puerta del hospital sintió sed en medio de la pesadilla que estaba viviendo. Intentó ingresar, sin embargo, un enfermero corpulento con ‘traje de astronauta’ se lo impidió. Le contó lo que le había pasado a Lucía, pero el hombre lo miró con un gesto de lástima y sin un atisbo de asombro.

“Aquí ya casi no quedan medicinas, amigo. Intentaré buscarte algo”.

Juan se quedó con la mirada perdida hacia el fondo del hospital, mientras el hombre grande se adentraba en un pasillo oscuro zigzagueando los cadáveres tendidos en el piso. 

Luego de unos 20 minutos, el hombre reapareció con dos bolsas blancas. En una había antivirales para suministrarlos vía oral. En la otra, sueros vitaminados. Le explicó que eran para cuando Lucía ya no pudiera abrir la boca. “Eso le ayudará a recuperar defensas y a mantenerla hidratada. Háblale todo el tiempo para evitar que caiga en un estado febril que la hará alucinar”, le explicó el enfermero.

“¿Cuánto te debo?”, le preguntó Juan.

“Intenta sobrevivir”, le respondió el hombre grande. “Ah, no vuelvas a salir porque puedes correr el riesgo de no volver o de encontrarla sin vida”, le sugirió.

Mientras Juan corría a casa el sol comenzaba a salir después de muchos días de lluvias. En una esquina antes de llegar, Juan se detuvo y volvió a llorar. Esta vez lo hizo sin ningún tipo de contención. Miró el cielo y gritó con tanta fuerza y desesperanza que algunas personas se asomaron por las ventanas, pero nadie le dijo nada.

Cuando abría la puerta sintió un leve susto, pero le restó importancia. Lucía estaba acostada. No obstante, ya se había bañado y con la cama tendida. 

“Primera vez que me baño y arreglo la cama utilizando solo el brazo izquierdo ¿No crees que es una buena noticia en medio de tanto desastre? Deberías comenzar a hacer ese ejercicio de limitación”, le dijo ella con su característico y expresivo tono de burla.

Juan sintió alivio de que Lucía estuviera en esa actitud, aunque no se sorprendió porque ya había aprendido a conocerla. Era una mujer repentista, capaz de inventar un chiste en medio del incendio más alevoso. Le hizo comida y después de darle las medicinas se acostó a su lado.

“¿Cómo te sientes?”, le preguntó Juan.

“Bien. Con una sensación de calentura interna, pero bien”, le respondió ella.

“Vas a seguir estando bien. Ya verás. Hablemos. Quiero que me entretengas y me hagas reír. Eres experta en eso”, le dijo él.

“¿Ah sí? ¿Por qué no me lo habías dicho antes?”, le reclamó Lucía.

“No había necesidad. Tú siempre lo has sabido”, le respondió Juan.

“Está bien. Entonces hablemos de la muerte, ¿te parece?”, le propuso ella.

“De lo que quieras…Siempre y cuando no seas tan fatalista”, le advirtió él.

“Te voy a decir algo que estaba pensando mientras me dejaste sola: los seres humanos siempre estamos luchando contra lo inevitable. Una de esas cosas es la muerte. Mientras estamos vivos, bailamos, hacemos planes, nos enamoramos y decepcionamos de la misma forma, pero al momento de llegar el final de la vida nos resistimos y hacemos de cuanta cosa para alargar nuestros días. ¿No te parece que es algo pretencioso de nuestra parte?”, reflexionó ella.

“Quizá sí…”, dijo él.

“Y cuando se acerca el último suspiro intentamos aferrarnos a una vida fugaz que ya cumplió el ciclo. Entonces buscamos el aire que se hace cada vez más esquivo con el paso de los segundos. Al final, cuando el corazón se paraliza y el pulso se desvanece, nace otra vida que habitará en el recuerdo de los que quedaron respirando. Esa, al igual que la anterior, también morirá con el tiempo. No por falta de aire, sino con la llegada del olvido”, anotó Lucía.

Después de esas palabras Juan se levantó y le dio un beso en la frente. “Por eso es que no quiero que te mueras”, le dijo él mientras le pellizcaba una mejilla.         

Las medicinas solo atenuaron el dolor de Lucía, pero no frenaron la incubación del virus. Hubo noches en que soportó fiebres que rondaron los 40 grados centígrados. En esos estados de delirio revivió los momentos más recónditos de su vida. Volvió a sentir, por ejemplo, la mano callosa de un pariente mayor que la cargaba cuando niña y le tocaba los órganos genitales. Sintió la repugnancia que impidieron esos años de inocencia en los que no entendía nada. Ahora vio todo con tanta claridad y asco que tuvo espasmos por las ganas de vomitar.

Fue perdiendo todos sus movimientos, pero nunca dejó de hablar. En contraste con las pesadillas del pasado aún tenía fuerzas para el humor negro. 

“Lo que más me gusta de no poder moverme es verte refregarme con esa esponja húmeda. Debiste ser enfermero”, le dijo una mañana Lucía a Juan cuando la estaba bañando.

“No te puedes quejar de la vida. Tienes a un médico empírico para ti solita”, le respondió él haciendo un esfuerzo sobrehumano para contener el llanto que le taladraba las entrañas.

“No disimules tu tristeza. Más bien hay que darle gracias a la vida por habernos puesto en el mismo camino y vivir estos días raros. Yo también hubiera querido un final distinto”, le dijo ella.

“¿Cuál sería tu final favorito?”, le preguntó Juan.

“Uno como el de esas películas románticas norteamericanas. Así: “una mañana decidieron partir para siempre a un lugar remoto en el que soltaron las ganas reprimidas de amarse sin máscaras ni ataduras. Lucharon por las metas individuales y las alcanzaron sin sacrificar el bello sentimiento que los atraía. Hasta el sol de hoy, se sabe que son los enamorados más felices de la Tierra”, le dijo mientras él la canalizaba.

La noche antes de morir, Lucía le pidió a Juan que no le diera más medicinas porque ya no soportaba la acidez. Con la comprensión de médico alcahueta y bonachón, él aceptó y hasta le hizo una propuesta sarcástica. “Si quieres me muero contigo para seguir tirando y burlándonos juntos, allá en el infierno, de la vida cabrona que nos tocó en suerte”.

Ella sonrió con debilidad. “Para el infierno irás tú por libidinoso”, le respondió.

Lucía amaneció muerta el último día de mayo, el mes de sus mangos maduros. Juan había llorado en silencio toda la noche porque presentía lo inevitable. De modo que cuando se despertó y no la sintió respirar la levantó en los brazos y le dio un abrazo de dolor. Lloró con la fuerza que había tenido reprimida durante la convalecencia de ella. Después sintió tranquilidad.

Tiempo después de haberla vestido recordó la petición que le había hecho ella de que la enterrara en algún sitio. Por ningún motivo permitiera que embalaran su cadáver y lo quemaran en un montón de desconocidos. “Eso es denigrante. Y hay que tener glamur hasta después de la muerte”, le había dicho Lucía días antes.

Entonces Juan se acordó del parque más cercano. Salió para inspeccionar el lugar y cuando llegó vio que muchos habían hecho la misma petición de Lucía: este se había convertido en un cementerio improvisado. Incluso había fosas excavadas, quizá preparadas para enfermos que a última hora se habían levantado de la cama.

La llevó en los brazos. Le había puesto el vestido rosa con el que tanto le gustaba verla y una cinta blanca para sujetarle el cabello. Cuando la estaba enterrando pasó un carro de la Policía, pero no se detuvo. En ese instante Juan se imaginó los parques de la ciudad llenos de cruces. No estaba lejos de la realidad.

Después de sepultarla se sentó al lado de la tumba de tierra y se dirigió a ella por última vez. Recordó en voz alta la culpa que había cargado siempre por el incidente de la primera cita. También los ataques de celos atrasados de ella y la actitud retadora de él frente al virus adquirido que hasta ahora no le había causado siquiera el más leve síntoma.

De repente deseó no tener memoria o que el recuerdo también hubiera muerto con ella. Así no tendría que reflexionar sobre la enfermedad injusta que se la había llevado. Tampoco sentiría los remordimientos que lo castigaban con una vida inevitable. El olvido era ahora su deseo más inalcanzable.

Una vez terminada la despedida, Juan se levantó y comenzó a caminar. El sol fulgurante de una mañana silenciosa le calentó el rostro sucio por la tierra y las lágrimas. Vio una manada de perros callejeros husmeando un recipiente de basura vacío. Oyó a lo lejos el sonido de una sirena y se sintió abrumado por el peso de un presente incesante. Era la soledad abrazadora del mundo enfermo que hasta ahora había ignorado.

Cuando llegó a la puerta de la casa donde había vivido momentos maratónicos de pasión comprendió que no sería capaz de volver a entrar a ese espacio de cosas rígidas de un ayer que significó todo, pero ahora no era nada. Entonces, sin dudarlo, se entregó a la muerte lenta de los desposeídos que vagan por el mundo llevando a cuestas los momentos que se resisten al olvido.

Fin…      


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