Cultural | 10:56 AM, 2020-07-26 | Montería

El ensayista escribe con ocasión de…

Este género literario apunta a ejercitar la reflexión; en su construcción se valora la actividad de la búsqueda permanente, por ser un proceso continuo de construcción intelectual, en el convencimiento de que siempre se puede lograr más.
El ensayista escribe con ocasión de…
Por: Redacción El Meridiano
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Por Rubén Otálvaro Sepúlveda*

El ensayo es el escrito de mayor uso en la cultura moderna. Quizá porque es la forma discursiva más maleable y libre para manifestar ideas o defender una tesis sobre cualquier tema desde diferentes perspectivas. Acaso por su origen, que lo señala como un esbozo, un apunte o boceto: un tipo de germen que anuncia y enuncia algo. Este carácter incipiente es lo que hace que, en el ámbito académico y social, se le considere como un texto en el que se reflexiona sobre una idea sin la intención de agotarla.

Desde Montaigne y Bacon hasta Paz y Téllez, el ensayo se ha erigido, gracias a su condición flexible, su brevedad y su hibridez formal y composicional, en el ejercicio intelectual habitual, en el vehículo más expedito para la comunicación del conocimiento y la expresión del pensamiento, esto es, para la divulgación artística y científica.

Las anteriores características son las que, tal vez, le permiten adaptarse, camuflarse, como un camaleón, en cualquier medio y circunstancia: es el personaje de palabras que se campea orondo en las páginas editoriales de los periódicos; es la nota singular y divertida en las revistas de variedades y es el sujeto y objeto riguroso y sistemático en la crítica literaria. En todas partes luce por su primitiva intención de difundir y defender ideas que involucran e interesan al ser humano.

El ensayo, en su faceta crítica, pretende reflexionar y establecer valoraciones sobre obras artísticas; en su dimensión creativa, intenta exponer ideas sobre la creación artística y en su matiz interpretativo, busca aportar juicios de valor sobre asuntos de interés general. En todos los casos solo aspira a suscitar la reflexión; más que resolver un problema, lo plantea; más que informar, sugiere.

Ágil, parcial, espontáneo, el ensayo no posee una estructura concreta. Se hace camino al andar, al decir de Machado, es decir, se ensaya al escribir. Es la línea de pensamiento del ensayista la que va fijando su estructura. Ensayar es caminar por la gran ciudad como el flâneur de Baudelaire: vagar por las calles, sin rumbo ni objetivo, abierto a todos los incidentes y accidentes que salen al paso. Libre a las asociaciones, digresiones, alusiones que caen, como la lluvia, de forma natural.

El ensayo es inseparable del ensayista. Por ello, ensayar es escribir desde la subjetividad. Es esta perspectiva personal la que supedita el discurso y la opinión que planteamos. El tono, el estilo y el enfoque que le damos al tema que nos ocupa, es nuestra manera de proyectar nuestro carácter, de entender y percibir la realidad, en fin, de expresar la vida, nuestra vida. Ensayar es tocar al hombre, parafraseando a Whitman, quien aludiendo a su libro Hojas de hierba dijo: “Quien toca este libro, toca a un hombre”. Los ensayistas no tienen biografía. Su obra es su biografía, siguiendo la sentencia de Octavio Paz con respecto a los poetas.

El ensayista escribe con ocasión de… un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor, anotaba Ortega y Gasset. No es sorprendente, decía un antiguo, que un hombre piense que dadas sus circunstancias es oportuno escribir sobre cualquier tema: las palabras y las cosas, el hombre y lo divino, el arco y la lira, el malestar de la cultura, el elogio de la ociosidad, el sentimiento trágico de la vida, la condición humana, los puntos suspensivos, etc.

Permítaseme la siguiente paradoja: al escribir desde el yo, desde nuestra más primaria condición humana, estamos aludiendo al otro. A la otredad –según Sartre- a la existencia de uno mismo a través de la mirada del otro. En efecto: al hablar de mí, estoy hablando de ti, amable lector. Es como si a través de mis reflexiones, obsesiones y sueños estuviera revelando los tuyos. Como si te asomaras -querido leedor- a un espejo que refleja tus gestos, rasgos y emociones. Es dialogar, implicarte en lo que voy pensando y diciendo y recordarte que tú eres yo, y yo, tú. Tanto así que “no sé cuál de los dos escribe esta página” recordando el verso de Borges.

Sí, ya se sabe que el mejor modo de persuadirte es hablándote de ti, de tu vida cotidiana. Porque la soledad, la angustia o la felicidad propia, esto es, de cada ser, es también, la de todos los seres humanos. Razón válida y, por demás, convincente para atraer y cautivar tu atención y participación. Aunque, algunas veces, no compartas mi opinión y expreses la tuya con objeciones, premisas y falacias, que, en últimas, también son las mías.

Ambos somos, innominado lector, el punto de partida y destino a la vez de este ensayo. El turno es tuyo, despliega tu propio pensamiento, disemina tus ideas, ensaya lo particular en el fondo de lo universal. Actualiza la antigua afirmación: “es verdad porque lo he visto escrito”.

Es verdad, ahora, porque lo he escrito yo.

*Escritor

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