Opinión | 12:00 AM, 2020-08-01 | Sincelejo

Etapas

Por: Olga Lucía Bustamante
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Cada etapa de la vida del ser humano tiene sus cualidades y características intrínsecas. Y todas son importantes en la conformación del orden de la sociedad, porque cada una expresa un valor exclusivo y especifico en sí misma. Un niño tiene todo el potencial humano acompañado de flexibilidad y adaptabilidad, por eso es indispensable que estos seres reciban grandes dosis de cariño y buen ejemplo. Son semillas germinadas, dóciles y fecundas. Cada chiquillo representa un universo enriquecido con inagotables  posibilidades. De su cuidado y estímulo  depende el aporte  que este entregará a la familia y a la sociedad.

Un adolescente, en cambio, es un árbol joven con ramas que podar, con el impulso y el brío en sus raíces y tallos que buscan extenderse hasta encontrar el límite. Por eso es indispensable en esta fase del crecimiento, contar con tutores fuertes que muestren la dirección correcta.

Aparece entonces la primera adultez, que debe reflejar de manera vívida el manejo de principios éticos universales para encajar en la convivencia que obligadamente debe experimentar. Igual que los árboles,  con ramificaciones y desvíos resistentes, desafiantes y productivos,  llegan los ciclos de  floración y con ellos los primeros frutos biológicos, laborales y sociales.

Este ser sigue su camino  avanzando hacia la adultez media, se supone que con mayor madurez, ímpetu y responsabilidad,  porque de sí mismo han nacido derivaciones para conservar la especie. En ambos casos son descendientes que deberán crecer para dar nuevos y mejores frutos que le garanticen a la especie humana y a la naturaleza su supervivencia.

Y llega la tan valiosa como temida adultez mayor, con su inestimable experiencia y visión de mundo. Está preparado este emisario de la vida  para asumir  el mando, la dirección o la guía de las comunidades. Él  sabe distinguir entre lo importante y lo suntuario, lo fundamental y lo innecesario, esos son sus mejores lucros. Ya no piensa en singular sino en plural. Igual que el frondoso árbol que con su envergadura da sombra  y sustento a otras especies, y evita la erosión del terreno con la expansión de sus raíces que le dan estabilidad por mucho tiempo. Hasta que la fuerzas comienzan a descender y queda un cumulo de conocimientos que muchos o pocos quieren aprovechar, depende de la disciplina o exigencia de cada conglomerado social.

Cuando el axioma está resuelto como legado de la observación, la comprobación, el conocimiento y la maestría, desaparece el instructor y el árbol se transforma en materia prima para embellecer otros lugares, o producir fuego que da luz a los caminantes. 

Intuyo Cicerón "No hay hombre de nación alguna que, habiendo tomado a la naturaleza por guía, no pueda llegar a la verdad".

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