Opinión | 12:00 AM, 2020-10-17 | Redacción

Somos seres espirituales encarnados, antes de carne y hueso

Por: Carlos Rodríguez Santos
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Siempre he estado por referirme acerca de la definición dada con firmeza por el presidente Duque en sus intervenciones, acerca del "ser humano", pues, considero que de los razonamientos ab definitione depende mucho las consecuencias implicadas, como quiera que se refieren al alcance y sentido de la realidad de las cosas. La primera vez, lo hizo para referirse a los fallecimientos por causa del Covid-19: "para mí nunca serán un número ni una estadística; son compatriotas, son personas de carne y hueso" y, últimamente, lo dijo en defensa del Esmad y de las demás instituciones que protegen a los colombianos: "Es que los policías de Colombia no se levantan a nada distinto que proteger a los colombianos, protegerles la vida, la honra, los bienes, los derechos, la libertad ... a eso se levantan, son personas de carne y hueso …".

Pues bien, estimo que allí puede estar el meollo del asunto, el por qué no se está siendo eficaz ante la pandemia y ante las revueltas ciudadanas. Los seres humanos no es que sean de carne y hueso, sino seres espirituales encarnados, compuestos de alma y cuerpo; definirlos de carne y hueso, equivale desconocer el elemento substancial (el alma) que da vida al cuerpo humano (compuesto, por cierto, no solo de carne y hueso). De allí, la importancia de comprender la espiritualidad del hombre, cuando se pretenda referirse mediante razonamientos ab definitione, pues, de las definiciones se sacan las consecuencias en él implicadas.

En efecto, no olvidemos que las obras de la carne están patentes, son libertinajes, idolatrías, hechicerías, enemistades, contiendas, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo y cosas por el estilo; en cambio, el fruto del espíritu es amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, y en general dominio de sí, y contra esto no hay ley; de manera, que si vivimos por el espíritu, marchemos tras el espíritu, para que la libertad de cada uno sea una libertad guiada por el espíritu que, como nación católica que somos, es dejarnos guiar del espíritu santo, especialmente cuando se tiene la posición de garante del orden público. 

Solamente así, podemos conducir la historia personal y la historia del pueblo colombiano, constituyéndose en un desafío nuestro, como quiera que es necesario escuchar, así sea que no nos guste lo que digan, para que encontremos juntos: el bien común. Se las dejo allí.
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