Municipios | 12:15 AM, 2022-06-21 | Redacción

Camino al calvario: la trampa que partió la historia de Palomo

El Meridiano reconstruye los hechos donde murieron 6 policías y un civil en diciembre de 2003 en San Andrés de Palomo, Galeras. ¿Cómo está el pueblo actualmente? ¿Ha sido reparado?
Camino al calvario: la trampa que partió la historia de Palomo
Foto:El Meridiano
Por: Redacción El Meridiano
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El Meridiano reconstruye los hechos donde murieron 6 policías y un civil en diciembre de 2003 en San Andrés de Palomo, Galeras. ¿Cómo está el pueblo actualmente? ¿Ha sido reparado?

Desde la estación de Policía de Galeras hacia el punto donde una carga explosiva estalló y mató a seis uniformados y un civil, entre los corregimientos San Andrés de Palomo y Baraya, jurisdicción de este municipio, la fatídica mañana del primero de diciembre de 2003, hay 9.5 kilómetros. Ese trayecto, que casi 19 años después todavía permanece destapado, significó para las víctimas un camino hacia el calvario porque sin sospecharlo iban lapidados. Cuando pasaron por el casco de Palomo, a eso de las 7:00 de la mañana, había gente en las calles. Las miradas normales de los pobladores evidenciaban la pregunta que se hacían: ¿qué habrá pasado para Baraya que va la Policía para allá?

La coartada estaba bien montada. Un joven labriego de una finca, del cual no hay registro en la prensa de la época y de quien nadie tiene recuerdos precisos como nombre o dirección, llegó a la estación de Galeras y les dijo a la Policía que en los alrededores de Palomo habían asesinado al propietario de una finca. Como en esa época estaban en su furor las masacres y los ataques a la fuerza pública, el comandante de la estación, sargento segundo Óscar Córdoba Palacios, le pidió que los acompañara en los vehículos para llegar al sitio del supuesto asesinato. Es así como a la zona se desplazaron tres motopatrullas y un campero Chevrolet Trooper que era propiedad de la Alcaldía. 

En este iban el comandante, cinco uniformados y el civil. Cuando atravesaban un punto, distante a tres kilómetros de Palomo, estalló la carga explosiva de 400 kilos de R1, enterrados en cilindros, que pulverizó el carro con los ocupantes en su interior. Las motopatrullas lograron pasar antes, por lo que se salvaron cuatro agentes. Los cuerpos quedaron esparcidos en la carretera de color rojo y cerca de las palmas de vino. Las autoridades responsabilizaron al frente 35 de las Farc, Benkos Biohó, del ataque. Estaba al mando de alias Iván Márquez. En el ataque murieron, además del comandante conocido como el 'negro Córdoba', el subintendente Lewis Majul Medrano y los patrulleros César Vélez Castaño, Alejandro Puente Moreno, Jair Cabrales y Pedro Rodríguez Álvarez.

El Meridiano hizo periodismo de inmersión para reconstruir los hechos a partir del diálogo con los habitantes de Palomo que recordaron cómo vivieron la época cuando imperó el terror y casi dos décadas después cuál es la actualidad del pueblo que salió del anonimato de la manera más triste.

"Por aquí en frente de mi casa pasaron los policías y al poco rato se oyó la explosión. Después se observó el refuerzo, se escucharon helicópteros. Yo no fui al sitio por miedo, pero me contaron que lo que vieron allá fue horrible". Quien habla es José Martínez Armesto, un consagrado habitante de Palomo que tiene dificultades en la vista, pero los demás sentidos agudizados y mucho por contar.
Por las calles del pueblo escuchó, y eso lo confirma la historia, que al joven trabajador lo cogieron como 'señuelo'. Ese fue el punto de partida para la barbarie. "Después de eso ya se fue pasando la cuestión de la guerrilla y esto fue quedando tranquilo. Luego vino el proceso de paz y eso ayudó a que los carros volvieran a circular porque por aquí no se veía nada de eso ni en televisión. Los blancos (patrones) volvieron a las fincas", recordó.
Se trata para ellos de una segunda oportunidad y precisamente están en ese rumbo: el de resurgir de entre las cenizas que dejó un conflicto armado absurdo del que nunca debieron tener parte, pero que partió la historia de su terruño en dos. 

La explosión acabó con 7 vidas y no dejó encender el fandango

"Yo estaba en el hospital de Galeras con mi hija que tenía bronquitis y de un momento a otro me la sacaron de allí porque iban a recibir los cadáveres. Eso fue un momento horrible, espantoso. Nunca lo habíamos visto por acá y me tocó presenciar la llegada de los cadáveres. Vi esas camillas llenas de sangre, las enfermeras llorando, los médicos corriendo de un lado hacia el otro".
El cruento horror que vivió esa mañana del primero de diciembre de 2003 lo cuenta Magaly Medina Arrieta muy nerviosa. Y no precisamente por la cámara que tiene en frente, y muchos menos por la presencia de dos periodistas haciéndole preguntas, sino porque recordar el episodio todavía le conmueve las entrañas al acordarse de la sangre que vio, los gritos que escuchó y la desesperación que padeció al no saber qué estaba ocurriendo.

Fue sacada del centro asistencial en medio de la atribulación que produjeron las escenas que nunca había presenciado y que jamás se le olvidan. No hay asomo de que de su mente desaparezca la emboscada de la que, aunque lejos, fue testigo, y en cierta parte, afectada.

Recuerda que cayó una pequeña lluvia, quizá parecida a la que cayó el día en el que los dos periodistas de El Meridiano viajaron a la zona a reconstruir los hechos, la semana pasada. 

La mujer también recuerda que la noche de la masacre se celebraba el tradicional fandango de las fiestas patronales en honor a San Andrés. 

No pudieron bailar contra las manecillas del reloj -una de las reglas de esa rueda de jolgorio- porque el cobarde ataque de la mañana lo impidió. No hubo tiempo para festejar sino para llorar las vidas y anhelar la tranquilidad que se perdió.

"Se escuchaban los aviones, uno no sabía quién era quién, no sabíamos para dónde coger. Después de la explosión cayó un sereno y me tocó venirme del hospital bajo agua. Esa noche nadie salió a las calles del pueblo, se celebraba el fandango de las fiestas patronales y no se pudo hacer. Muchas cosas cambiaron, nada volvió a ser igual", rememoró.

Hoy día tiene recelo atravesar por el punto donde fue el ataque. Siente una vibra extraña, en la atmósfera hay tensión por la remembranza de la muerte. "Pasar por ese sitio da miedo. Todavía da miedo", resumió Magaly.

En la tarima del parque central, a pocos metros de la iglesia, encontramos a Adadulfo Campos Arrieta, de 66 años. Por esa edad que tiene es un participante del reparto de personas que padecieron el bombazo que encontró como escenario a San Andrés de Palomo, el poblado donde nació y aún vive.

"Temprano se sintió la detonación y la algarabía. Fue bastante trágico para uno porque nosotros sufrimos las consecuencias. Esto se complicó porque incluso no se podía salir ni al monte, hubo gente que tuvo traumas y se sufrió bastante. Ya no tenemos tanta zozobra, se puede decir que vivimos tranquilos. Seguimos viviendo de la varita para hacer escobas y el mototaxismo que es en lo que uno se puede rebuscar. Son cosas que no son muy rentables, pero ajá ¿de qué se vive? Poco o mucho que uno gane le da para el sustento", aseguró.

Es un viejo conversador y lleno de cosas por decir y reclamar para San Andrés Palomo. Él afirmó que se sienten en medio de la nada y que eso que llaman reparación –de la que tanto han escuchado en los noticieros nacionales- no les ha llegado del todo.

"Son tantas las necesidades que tenemos que no sé por dónde comenzar. Para toda la edad que tiene este pueblo de construido hasta estas alturas no hemos tenido ningún avance ni desarrollo. No tenemos casi nada, estamos en el abandono total. Recién instalaron el alcantarillado, pero no tenemos gas, las carreteras no sirven y están en peores condiciones cada día más", expresó tajante.

Como quien dice, están lejos de ser un epicentro de resarcimiento por lo que padecieron por el conflicto armado. Y mucho menos de convertirse en un oasis esperanzador de una región que tiene vestigios de la absurda violencia que un día menos pensado, cuando el corazón estaba festivo, les tocó la puerta y les dijo que tenían una página en la historia del conflicto. Eso  intentó apagarlos, pero, como el mismo fandango que aquella noche no pudo dar la vuelta, surgió de los cabos de las velas y se convirtió en eterno, como la alegría que quieren irradiar cuando sonríen.

Ser acusados de guerrilleros, el inri con el que los marcaron

Cargar con la cruz del estigma no ha sido fácil para los habitantes de San Andrés Palomo. Ya lo hablan con una naturalidad abismal, pero las horas y los días siguientes a la emboscada fueron tenebrosas porque, más que pensar que el ataque se podía replicar, era vivir bajo sospecha en medio de una violencia que no eligieron, pero de la cual les tocó una de las peores partes al ser señalados como colaboradores de la guerrilla, inri que le impuso la misma fuerza pública al estar dolida por haber perdido a seis de sus miembros.

De eso sabe bastante Rafael Antonio Sequeda González, de 73 años, porque fue uno de los cerca de 70 hombres que detuvieron el mismo día de la emboscada al relacionarlos con ser cómplices, rótulo que no merecían, o al menos eso gritaban, pero sin ser escuchados en medio de las celdas.

No esperaban a que después de quedar desorientados por el estallido de la bomba, quedaran sin respuestas por no entender la razón por la que los acusaban.

"Nosotros no esperábamos que vinieran a meternos en esos líos. Esa mañana que sucedieron los hechos (los uniformados) caminaron todo el pueblo y recogieron a los que estaban en las calles, incluyéndome a mí. De ese día tengo presente que yo venía caminando por debajo de un árbol por el parque cuando escuché la explosión. Habíamos visto pasar a los policías y al rato se escuchó el estruendo, después vinieron a dar el aviso de qué había pasado. Fue cuando la Policía vino y 'barrió' con nosotros porque nos acusaban de ser colaboradores de la guerrilla. Qué injusticia", expresó.

Al momento de la detención Rafael estaba recogiendo la yuca que cultivaba. En ese instante los policías se le acercaron y se lo llevaron para el comando. Aunque la retención solo fue un día, la zozobra por el futuro incierto fue grande, hasta tal punto de pensar que estarían presos de por vida. Afortunadamente no fue así porque no les comprobaron nada y los dejaron en libertad.

Su vecino Carlos Molina González compartió esa misma desesperación con Rafael. Igualmente fue sorprendido en medio de su cotidianidad por la Policía para que fuera a responder por algo de lo que no tenía ni idea porque nunca, ni antes ni después del atentado, se relacionó con algún grupo ilegal, mucho menos con la guerrilla.

"Yo venía de la parcela de mi papá y me pidieron los papeles para verificar una información. Iba en una bicicleta con yuca, suero y demás frutos del campo, y es cuando (los policías) me dicen que me embarcara en el camión. En ese carro iban más personas, bastantes. Nos llevaron primero a la estación de Policía de Galeras y de ahí a la Escuela de Carabineros de Corozal. Por último, nos trasladaron al Comando de la Policía en Sincelejo", recordó.

Ese periplo está presente en su memoria al reprochar la actuación de una institución que no creía en ellos y por el contrario los clasificó como enemigos. "Nos retuvieron durante un día mientras hacían preguntas y nos señalaban de algo que no éramos. Nos decían que éramos guerrilleros. Nos reprochaban que no le habíamos dicho nada de que la carga explosiva estaba ahí, pero nosotros no sabíamos nada", aseveró el morador. 

Para él, es una lástima que su pueblo esté ubicado en una especie de ruta llamativa para los grupos al margen de la ley. Se refiere, y es un secreto a voces, que toda esa zona del área rural de Galeras está sitiada por hombres extraños que desarrollan actividades ilegales como movimiento de drogas.

"La noche antes (30 de noviembre) estábamos celebrando el día de San Andrés y habían amanecido un poco de emparrandados. Un primo de mi mujer cuando vio pasar a los policías, primero unos motorizados y más atrás el carro, saludó a uno de ellos porque eran vecinos. Al poco rato se escuchó el estruendo", dijo.  Renglón seguido expresó: "No se sabe si estaba ahí o la tiraron".

Y aún tiene mucho por contar porque transcurrido alrededor de un mes del ataque pasó por la vía y vio el motor del carro tirado a orillas de la carretera, al igual que varias suelas de zapatos enganchados en la cerca, el rastro de una barbarie que fue el estallido de una estigmatización, palabra que los palomeros quieren borrar de su diccionario.

San Andrés de Palomo quiere que el Gobierno lo mire

En la sede primaria de la Institución Educativa San Andrés de Palomo y en un par de casas que están al marco de la plaza permanecen, como si hubiesen sido marcadas con tinta indeleble, las siglas AGC que traducen a Autodefensas Gaitanistas de Colombia. Las letras fueron estampadas en las paredes a principios de mayo durante el paro armado que atemorizó a todo Sucre y de cuya intimidación no escapó este pequeño poblado que se compone por unas 8 calles que se unen entre sí entorno al parque central donde hay una iglesia católica, jardineras, una tarima y una cancha que ya necesita mantenimiento.

Fue precisamente a un costado de este sitio donde una mujer advirtió a los dos periodistas de este medio que "estaban dando demasiada papaya porque el pueblo está sitiado por el Clan del Golfo". Lo dijo sin titubear, lo que parece que ya fuese una costumbre hablar de eso, aunque no sea a viva voz, porque eso puede significar una intimidación y en casos extremos hasta la muerte.
Y es que no sorprende que en esta comunidad haya presencia de esa banda criminal porque en recorridos que ha hecho este medio en varias localidades, sobre todo en las áreas rurales, se escuchan esas versiones. Más aún en una población como esta que es, como lo dijo uno de los entrevistados, la ruta predilecta para mover cosas ilícitas, como droga, por ejemplo.

San Andrés de Palomo está en el corredor de acceso de la Sabana al San Jorge sucreño donde la ciénaga de San Benito Abad, que tiene conexión con la Depresión Momposina, es usada como recorrido de los grupos al margen de la ley. La ruta es así: de Palomo se pasa a Baraya –transitando por el punto donde fueron masacrados los seis uniformados y el civil en diciembre de 2003—y de allí a Punta de Blanco, jurisdicción de San Benito Abad, población a orillas de agua.

Fuentes judiciales le han dicho a este medio que en el caso de la zona rural de Galeras se han convertido en punto de operación del Clan del Golfo, específicamente, confirmando la teoría. Eso se ve reflejado en delitos como extorsión y asesinatos selectivos.
No obstante, el cobro de vacunas no es tan evidente en Palomo, o al menos así lo dejan entrever los moradores al decir que "aquí no hay ricos". San Andrés de Palomo tiene cerca de mil 500 habitantes. En esta comunidad hay un billar donde se hacen eventos sociales y es ideal para congregarse una tarde de domingo al son de la música y los tragos, hay varias tiendas y ferreterías. Estos negocios mantienen pujante a un poblado que parece que estuviera perdido en el tiempo, pero que existe y hace parte del municipio del que pocos saben que jurídicamente –y así reposa a nivel nacional-- se llama Nueva Granada, es decir, Galeras, la tierra colorá, cuyos anhelos de dejar atrás el estigma son fuertes. Eso acarrearía además que cambie la atmósfera de tensión que se percibe en Palomo y que por fin alce el 'vuelo' hacia el progreso que tanto necesita y merece.

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