Municipios | 04:00 AM, 2021-01-17 | Ovejas.

Chengue, dos décadas de historias

Hoy, Chengue conmemora dos décadas de los lamentables sucesos de la madrugada del 17 de enero de 2001 cuando 27 de sus habitantes fueron cobardemente asesinados. En diálogo con El Meridiano, sus pobladores contaron historias de vida, esa que los ha convertido en símbolo de resiliencia. Desde diferentes enfoques y prácticas le apuestan a la reconstrucción del territorio
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Campesinos recolectando la cosecha
Campesinos recolectando la cosecha
Foto:El Meridiano
Por: David Eduardo Hernández Álvarez
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 Hoy hace dos décadas, Jaime  Fernández Meriño, que para la fecha tenía 22 años de edad, estaba trepado en un Jeep, conducido por Ramón Gutiérrez Parra, en el que junto a otros campesinos huían de la estela de muerte y desolación que los paramilitares acababan de dejar en su pueblo, Chengue.

Ese momento quedó plasmado en una foto que un día después de los hechos publicó El Meridiano. Veinte años después de ver ese momento congelado en el tiempo, sus protagonistas revivieron la odisea. Además, contaron cómo se han hecho fuertes en medio de la adversidad.

Así lo recordó Jaime Fernández: "Eran por ahí las 3:30 de la madrugada cuando nos dimos cuenta de lo que estaba pasando. En la casa estaba mi papá, que en ese entonces tenía 54 años, y mi mamá, de 45. Los tres salimos por el patio y nos fuimos huyendo por la montaña, monte a monte llegamos a Don Gabriel. Más tarde, como a las 6:30 de la mañana, nos encontramos a otras personas que caminaban hacia el pueblo a ver qué era lo que había pasado, entonces nosotros también nos regresamos, porque hasta ese momento todos huíamos, pero no sabíamos qué era lo que estaba sucediendo. Llegamos a la plaza, donde quedaba nuestra casa, muy cerca al lugar donde mataron a la gente".

Se desplazaron 

Agregó que "al darnos cuenta de lo que pasó empezamos a recoger lo que se podía y en horas de la tarde caminamos hasta la entrada para desplazarnos. Ahí estaba Ramón, el manejaba el carro del pueblo, que era de mi padrino Juan Barreto. A él también lo mataron esa madrugada. Había mucha gente subiendo al vehículo, mis viejos se acomodaron adentro, yo me subí a un costado, por el lado del techo. Al lado mío iban otros jóvenes, pero nadie hablaba, todo era silencio, teníamos miedo, nunca habíamos visto un muerto y menos por muerte violenta. Media hora después llegamos a Ovejas, de ahí cada quien buscó refugio en lugares diferentes".

Una semana después volvieron a su tierra a recoger la cosecha de maíz, pues necesitaban conseguir recursos para el sustento. Tan pronto hicieron la recolección volvieron al casco urbano. Tres meses después estaban de regreso en Chengue, esta vez a recoger aguacate. 

Murió el papá

"Un año después falleció mi papá. Yo digo que por el mismo estrés de la guerra. En 2003 retorné al pueblo y me  radiqué, pero para ese entonces había un conflicto bravo entre guerrilla y Ejército y nosotros los campesinos quedamos en el medio viviendo las verdes y las maduras. A raíz de esa guerra caí preso, me condenaron, estuve cinco años en la cárcel señalado de colaborador de la guerrilla. Eso me marcó, me dañó la hoja de vida", reveló Jaime.

Esas marcas del conflicto las lleva Jaime en su cuerpo. Para esos años, un soldado, después de un combate con la guerrilla, se le acercó, lo intimidó y le puso la boca ardiente del cañón del fusil en la parte superior del hombro derecho.

"Después de la masacre vinieron momentos difíciles. Mi mamá sufrió duramente, yo preso, mi papá muerto, ella quedó sola aquí. Es una persona que ha resistido los pormenores del conflicto que nos hizo víctimas", enfatizó Jaime.

Actualmente, él y su madre viven donde un tío en la plaza, porque de la casa de paredes de barro y madera donde un día habitaron se fue al piso. Jaime tiene fe en que el Estado le ayude a tener de nuevo un lugar digno para vivir. Le agradece a Dios por tener vida y salud. Dijo que pese a las adversidades del pasado se esfuerza cada día para darle lo mejor a su madre y a sus cuatro hijos.

Ramón, también víctima de los afanes de la guerra, contó su historia.

"Cuando estaban matando a la gente yo me percaté y me volé por el patio de la casa, momentos después regresé y vi a un señor con una herida como de cuchillo en el cuello, intentaba levantarse y se volvía a caer, entonces decidí auxiliarlo, con otras personas lo cargamos, lo subimos al carro, lo llevamos a Ovejas, pero antes de llegar murió", recordó Ramón.

Agregó que ese 17 de enero hizo dos viajes: uno en la  mañana y otro en la tarde, sacando a su gente para el casco urbano. 

"Ese carro, el 542, era de César López, en sociedad con Juan Barreto. Los paramilitares llegaron a la casa de César, pero él se voló. La casa se la quemaron, el carro se salvó porque estaba en el patio", rememoró Ramón.

Tres años más tarde, el conductor fue capturado junto a otros chengueros, señalado de la misma infamia que Jaime. Lo trasladaron a Sincelejo donde estuvo tres meses preso. Gracias a un abogado logró la libertad. Actualmente sigue en el mismo oficio y en la misma ruta, pero en un carro diferente. En la actualidad Ramón vive con su familia en Ovejas, pero otros de sus familiares siguen en Chengue.

Años crueles

Los años siguientes a los hechos de esa madrugada fueron para muchos chengueros los más crueles. Así lo recordó Robinson Martínez Chamorro.

"Yo acostumbraba a salir a las 4:00 de la madrugada a ordeñar las vacas de un tío, salía por la puerta del frente, pero sería el mismo Dios, que ese día salí por la puerta trasera. Cuando estaba en el patio escuché a gente que dijo: 'Pilas que se nos fue un hijueputa por el patio'. Todo estaba oscuro, yo me quedé quietecito en el baño, cuando vi que ahí corría peligro salí y me fui para el monte, pero no muy lejos porque en la casa estaba mi esposa y mis tres hijos: una de 7, una de 6 y el último de 6 meses de nacido.

Al poco tiempo empezaron a prender las casas, entre esas la mía. Entonces salí y saqué a mi esposa y a los niños. Nos fuimos a donde mi compadre que vivía cerca a la casa. Él me dijo: 'Compa, vámonos para arriba, para la montaña, para donde el tío'. Cuando íbamos llegando a la casa del tío, uno de los primos que allí vivía, que era menor de edad, nos alcanzó a decir a través de señas y gestos que no llegáramos. Reparamos y comprendimos que ya los paramilitares estaban ahí", narró. 

Les tocó buscar otro lugar. Fueron a la vivienda de otro primo.


Estaban muertos 

"Como a las 6:00 de la mañana salimos, volvimos a subir donde los primos y los encontramos muertos. No sabía dónde estaba mi tío, él también salió huyendo, entonces salí a buscarlo, fui a los lugares donde pensé que podía estar escondido, pero nada. Después empecé a llamarlo hasta que me contestó desde un cultivo de maíz. Él no sabía lo que había pasado con sus hijos, cuando se enteró prendió un cigarrilo y así pasó todo el día fumando sin pronunciar palabra. En la tarde, él con otros familiares se llevaron los cuerpos para Ovejas, de ahí para Sincelejo. Allá los enterraron. Allá vivían, pero venían en vacaciones de enero a ayudar al papá a recoger la cosecha de maíz", expresó. 

Con su esposa e hijos, Robinson se refugió en una vereda vecina, pero el temor colectivo los llevó a desplazarse a Ovejas, a donde iba y regresaba a Chengue todos los días. Pero en ese ir y venir padeció insultos, groserías y señalamientos de la fuerza pública.

"Los soldados nos decían que éramos cómplices de la guerilla, nos maltrataban con palabras. Había una persecución hacia nosotros, tanto así que en 2004 caí preso. Ese día me encontraron arreando un burro que traía una carga de yuca, empapado de agua, de un sereno que cayó en la mañana. Estuve 16 meses en la cárcel", mencionó Robinson.

A la fecha este campesino sigue esperando ser reparado por el Estado. Vive en un humilde rancho, porque su vivienda no ha vuelto a ser reconstruida, pero sigue aferrado a las imponentes montañas que lo han visto crecer. 

"De siete hermanos que somos, soy el único que aún sigue aquí. Chengue para mí significa mucho. Aquí nacieron y se criaron mis papás y mis abuelos. Por amor a esta tierra que nos parió hemos resistido y seguimos resistiendo", concluyó Robinson.

Otra historia

En esa persecución de las instituciones militares y judiciales resalta el caso de Dennis Segundo Pérez que, según lo que contó, tuvo a su nombre siete órdenes de captura. 

"El defensor del pueblo me ayudó a dialogar con la Justicia y a arreglar la situación, pero la gente de acá no decía que había arreglado mis asuntos, sino que estaba trabajando con el Gobierno. Me sentía señalado, con temor de salir. Seis años después de la masacre fue que me sentí libre, pude compartir de nuevo con mi pueblo. Gracias a Dios de nuevo  estamos cosechando, volviendo a esos tiempos de abundancia", dijo Dennis.

De aquella madrugada recordó: "Faltando 20 minutos para las 5:00 de la mañana llegué a Chengue, venía de Orejero, vereda de este corregimiento. Cuando llegué a una parte alta del camino vi una claridad en la plaza, le dije al compañero con el que venía: 'Están quemando las basuras temprano en el pueblo'. Al acercarnos más escuchamos unos disparos, habían matado a un señor de nombre César Meriño. Cuando intentaba escapar me detuve, pero no escuchaba más nada, ni llanto, ni perros ladrando, nada. Entonces, volví a bajar y monte a monte llegué hasta la entrada del pueblo, alcancé a ver dos muertos frente al colegio, eran dos primos míos, pero no me atreví a seguir. 

Esperé un momento hasta que pasó un muchacho y me dijo que habían sido los paramilitares, pero que ya se habían ido. En la entrada estaban 5 cuerpos, todos hermanos del señor Luis Meriño. Él los recogió y los metió en la sala de su vivienda. Como a las 7:00 de la mañana llegué a la plaza, vi la magnitud de lo que había pasado y me regresé a la casa. Los que nos quedamos en el pueblo, en horas de la tarde, nos fuimos para donde Enrique Oviedo, ahí pasamos la noche, hicieron una olla de arroz, pero nadie comió", detalló Dennis.

Después de varios días se desplazó con su familia a Ovejas, cuatro años después retornó a su tierra. 

"Hoy en la sala de mi casa tengo ñame, arroz y plátano, eso me hizo retornar. Saber que aquí tengo alimento y la tierra para cosechar, aunque no está el producto más importante, el que dejaba la platica: el aguacate. Pero le doy gracias a Dios que aquí estoy con mi esposa y ambos nos damos fuerza para continuar. Ella y yo todos los días le rogamos a Dios que cuide a los Montes de María", manifestó Dennis, que al momento de esta entrevista construía, junto a otros campesinos, un rancho a la entrada del pueblo, que servirá de sede a  Asoviche. 

La gran mayoría de las mujeres que esa noche estaban en Chengue fueron las que presenciaron y resistieron en la plaza mientras sus maridos huían por la montaña o eran asesinados.

"Eran como las 3:00 de la madrugada cuando los paramilitares me sacaron de la casa y me sentaron en el corredor. Me dijeron que como me moviera de ahí me mataban. Yo me quedé quietecita. Al poco tiempo pasó una señora con los nietos y la nuera, al verla me paré, me le pegué de la falda y me fui con ella para la plaza donde reunieron a los niños y mujeres, mientras mataban a los hombres, entre esos uno de mis hermanos. Ahí nos tuvieron hasta las 5:00 de la mañana que nos metieron a todos en una casa, en la plaza. Después de eso le prendieron candela a las viviendas", puntualizó Margarita Romero Montes.

Su esposo, que al percatarse de lo que sucedía, alcanzó a huir. Regresó a eso de las 10:00 de la mañana al pueblo y se reencontró con Margarita. 

"Recogimos lo que pudimos y nos fuimos a Buenos Aires (vereda vecina), al año volvimos a Chengue y aquí seguimos. En estos veinte años no he recibido una sola ayuda del Gobierno, ni siquiera el Ingreso Solidario", resaltó Margarita, que actualmente tiene 40 años y cinco hijos.

En relación al tema de reparación, ocho años después de lo ocurrido, el Tribunal Administrativo de Sucre condenó al Estado colombiano por la masacre de Chengue y ordenó el pago de 3.500 millones de pesos como indemnización a los familiares de las 27 víctimas, que beneficiaría a 195 personas. Sobre este beneficio, Julia Meriño manifestó que solo unas 90 de las víctimas han recibido dicho recurso.


Se escuchaban gritos  

"Esa madrugada escuchamos gritos, ladridos, el bramido de las vacas, las gallinas cacareando, pero no sabíamos qué estaba pasando, porque estábamos dentro de la casa. Vivía con mis papás, una hermana menor y mi hija que estaba recién nacida. Al escuchar que estaban tumbando las puertas de la casa vecina nos  levantamos. Mi papá nos dijo que nos fuéramos, porque los próximos éramos nosotros, pero la cerca del patio era muy alta, entonces el único lugar para salir era por el frente, pero a lado y lado de la calle estaban los paramilitares, entonces no había de otra que resistir dentro la casa haciendo de todo para que la niña no llorara. Como cristianos, siempre hemos confiado en Dios. Nos pusimos a orar hasta que sentimos que el peligro había pasado. Yo vivía con mi esposo donde mi suegro, pero por la dieta del parto me vine para donde mis padres y él se quedó", narró Kelly.

A las 10:00 de la mañana se acercaron a la plaza y comprendieron lo que ocurría. En esos momentos un helicóptero abrió fuego contra el pueblo, haciendo que Kelly y su familia huyeran y buscaran refugio donde los abuelos, que vivían en una población vecina. Estando allá se enteró por su cuñada que a su esposo los paramilitares se lo habían llevado vivo.

Al día siguiente, que volvió a Chengue, su padre le dijo que a su esposo lo habían encontrado muerto en la salida del pueblo.

"Cuando mi papá me dijo eso, no recuerdo si lloré, si no lloré. Tenía emociones encontradas, estaba como paralizada, congelada, no asimilaba lo que estaba pasando", narró Kelly. 

Mientras unas mujeres en la plaza del pueblo vivían el peor de sus amaneceres, otras refugiadas en sus humildes viviendas elevaban súplicas al Todopoderoso para que las librara de la muerte.

"No me acordaba que los muertos se los habían llevado para Ovejas y teníamos que enterrarlos", rememoró Kelly, que para la fecha tenía 20 años de edad. 

Ella y su familia se radicaron en Ovejas, pero al año regresó a Chengue. Desde entonces solo se queda por unos días, acompañando a sus padres, que hace algunos años retornaron. 

Su hija, Sandrid Johana tiene 20 años, pero ha agotado todos los recursos y no le ha sido posible registrarla con el apellido de su papá. Kelly y su familia agradecen a Dios porque en todos estos años nunca les ha faltado el alimento.

Respiro de vida

Édinson Meriño Villegas es otro de los campesinos que ha retornado a su pueblo y que en su historia de supervivencia ha hallado las razones para enfrentar y superar las adversidades.

"Nosotros estábamos amenazados, se comentaba de que los 'paracos' se iban a meter, pero ajá, no creíamos. Esa madrugada yo estaba profundo en el sueño. Una hermana fue la que me despertó, que me levantara, porque un grupo armado estaba en el pueblo. Yo vivía por donde ellos ingresaron. Me levanté y salí con el machete en la mano para defenderme si querían matarme. Momentos después regresé a la casa donde estaba mi hermana y mi mujer, que estaba embarazada. Las ayudé a salir y yo busqué refugió para otro lado. Ellas se metieron al monte, salieron al camino y se encontraron con los 'paracos'. Las cogieron y se las trajeron para la plaza, ahí las sentaron y les dijeron que nos les iba a pasar nada. Yo seguí en el monte, escondido cerca de la plaza, pero no escuchaba nada, aunque ya habían matado a varios", apuntó Édinson.

Fueron momentos de angustia: "Algo me dijo que me moviera de donde estaba, cuando empiezo a caminar pisé unas hojas secas, ahí siento cuando se vienen dos tipos corriendo hacia mí, enseguida me tiré al suelo, me acosté y me quedé quietecito. Ellos alumbraban con unas linternas, pero no me vieron. Cuando vi que se alejaron me paré y comencé a caminar, pero ya pisaba de piedra en piedra, para no hacer ruido. Llegué hasta la parte más alta de la montaña, de ahí veía todo el caserío, escuchaba gritos, hubo alguien que gritó: 'Corran que son los paramilitares, no se dejen matar'", relató Édinson.

Aquí estoy, en esta tierra linda, sembrando maíz, ñame, plátano y arroz. Así nos sostenemos, confiando en que un día sea mejor la vida del campesino: Édinson.

El campesino reconoció que "la gente que murió ese día fue por la misma inocencia, como nadie debía nada, no opusieron resistencia para pasar al supuesto computador donde les verificarían sus datos, pero el computador no existió, ahí estaba era la muerte, la que se llevó a uno de mis hermanos".

Al año de lo ocurrido, Édinson regresó y se radicó de nuevo en su pueblo, de donde dos años después, al igual que el resto de varones sobrevivientes, lo capturaron y lo llevaron por 5 meses a la cárcel, señalado del mismo delito que sus vecinos. Al salir de prisión continuó viviendo en Chengue hasta el día de hoy. 

Unidad

Precisamente, a través de la agricultura, este territorio busca reforzar su economía y seguir creando espacios de unidad. Así lo expresó Jairo Barreto López.

"Desde  que se constituyó legalmente Asoviche hemos perseguido programas en busca de la reactivación económica de Chengue y volver a darle fuerza al tema agrícola. Ahora tenemos la miel como un nuevo producto, aunque el aguacate es nuestro producto insignia, pero estamos en la melicultura, cosechando miel, desde donde conservamos el medio ambiente y se polinizan los cultivos para que tengan una mejor producción. También estamos entrando en el cultivo de arroz. Antes se sembraba solo para el consumo de cada casa, ahora se cosecha a gran escala con el fin de comercializar y que los campesinos encuentren otro producto para generar economía", explicó Jairo. 

Añadió que siguen trabajando y haciendo esfuerzos para  recuperar por lo menos 20 hectáreas de aguacate.

"En cuanto a lo ocurrido, no me considero víctima, prefiero decir sobreviviente. Veinte años después somos símbolo de resistencia. Hemos fracasado con algunos proyectos, con otros nos ha ido bien y aquí seguimos. No hemos tenido el apoyo efectivo del Estado, pero seguimos creyendo de que juntos vamos a recuperar nuestra economía, estamos dando pasos y logrando lo que queremos. 

En este momento hay 92 personas viviendo en el pueblo, la proyección es que en 5 años alcancemos los 400 habitantes, 300 menos de los que habían antes de los hechos ocurridos. Muchos no han regresado o no se radican por no tener vivienda. Por eso, una de las metas es la construcción de 100 viviendas, que eran prácticamente el número de casas que aquí hubo. Diez, ya están construidas, 25 más las construirá la Unidad de Restitución de  Tierras, a través de una sentencia, 11 que vienen por la Gobernación de Sucre y el resto las pensamos gestionar por el Programa Administrativo de Reparación Colectiva, detalló Jairo.

Él y su gente anhelan volver a la riqueza agrícola que los caracterizó.

Aquí en enero terminaba la cosecha del maíz, en febrero empezaba la del ñame, en marzo la del aguacate y así una con otra se encontraban: Jairo

"Para volver a eso es más fácil si nos apoya la Agencia Nacional de Tierras, el Ministerio de Agricultura y la Alcaldía de Ovejas. Es un tema integral, porque además de los cultivos, queremos recuperar al ser humano, porque lo que vivimos no fue una bobada. Entonces, queremos producción, pero también ir metiendo el tema sicosocial", citó Jairo.

Vida digna

Este chenguero, que hizo parte de uno de los cinco grupos de víctimas que se reunieron con las comisiones del Gobierno y las Farc en los diálogos de paz en Cuba, lucha a diario e incansablemente por los derechos de su pueblo, buscando que tengan las mínimas condiciones para una vida digna.

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