Opinión | 12:00 AM, 2021-02-23 | Sincelejo

La generación perdida

Por: Joao Carlos Pérez Dorado
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Hasta hace algunos años se creyó que la generación del rock en español, de Nirvana y de los estampados del Che Guevara éramos la generación perdida. Se discutió mucho tiempo sobre el asunto. Los que habíamos nacido en los 80 y principios de los 90 viendo historietas japonesas y escuchando a Cerati cantar su "de música ligera" estábamos condenados al olvido, no seríamos trascendentes.  

Nos veían nuestros padres con preocupación, alquilando a escondidas películas para adultos en las viejas tiendas de VHS, algunos se tatuaron por primera vez las iniciales de su novia o se perforaron las orejas. Andábamos con guitarras desafinadas, cantando a Molotov en cualquier parque, tomábamos para embriagarnos y "tirar trompadas con los amigos".

Había mucha preocupación porque teníamos instintos raros. Robamos, sí, las gallinas y los patos en el patio de algún familiar para amenizar la parranda, estábamos locos con Blink 182 y gritábamos a pulmón abierto los discos de Maná. Todavía había quienes leían y fumaban cigarrillos. Nos enamorábamos de la chica de al lado y le dedicábamos poemas en papelitos, le susurrábamos las letras que le hurtábamos a Ricardo Arjona. Las muchachas se dejaban conquistar. Se ponían difíciles. Los papás todavía nos controlaban, nos daban permiso y nos castigaban. Había excepciones, estaban los que se iban de la casa, los que empezaron a tener contacto con algún tipo de "cigarros", Los que compraron moto o se fueron de policías. Esto cambió abruptamente a finales de los noventa y principios de los 2000. Por estas fechas nacieron los niños y las niñas que 21 años después son la verdadera generación perdida.

Apareció el internet, los celulares, la vida fácil, el delirio y el afán por la aceptación, las redes sociales, el reguetón y el culto a los superficial. Los chicos de 18 que se creen de 40, las chicas que a los 20 mercadean su sexualidad en público, chicos que no saben lo que es el amor y chicas que mueren de soledad.
Es la generación que se dejó consumir por la tecnología. Autómatas. Aparentadores, Irresponsables e inocentes, están haciendo de su mundo una parodia triste llena de maquillaje. Un mundo de depresiones suicidas, personas inestables, tóxicas, dañinas y peligrosas.

Los ochenteros nos cortamos el pelo, olvidamos la guitarra y nos hicimos padres de familia. Nos frustramos. El llamado es urgente a los padres de familia, a las instituciones, a la sociedad.

¡Salvemos a nuestros jóvenes!

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