Montería | 12:45 AM, 2021-03-07 | Montería

Leomar quiere ser médico a como dé lugar

A punta de rifas y el apoyo de amigos y compañeros de estudio, contra todo pronóstico, logró recaudar los 12 millones de pesos que cuesta el semestre de medicina.
Leomar en prácticas en la Unisinú.
Leomar en prácticas en la Unisinú.
Foto:Cortesía.
Por: Redacción El Meridiano
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"Todos tus sueños pueden hacerse realidad si tienes el coraje de perseguirlos" solía decir Walt Disney y esa premisa es la que precisamente tiene como filosofía de vida Leomar de Jesús Barros Acosta. Un joven perseverante por demás, que, aunque parezca increíble, vende galletas en los semáforos de Montería para ayudarse en el sostenimiento de sus estudios de medicina, los cuales adelanta en la Universidad del Sinú. 

A Leomar, el tesón y las ganas de ser médico les sobran. En su mente mantiene en todo momento el deseo de serlo, mientras ofrece sus galletas en cada tiempo de luz roja del semáforo de la 62 con Circunvalar. 

Sus ganas de ser médico son más grandes que el bullyng que a diario le hacen los que no creen que lo puede lograr, o los que le gritan que se ponga a trabajar en otra cosa o quienes lo tildan de estafador, sin conocer lo que hay detrás de su historia de vida.

Ejemplo de tenacidad

Leomar siempre ha sido de escasos recursos económicos, pero eso no le ha impedido para nada luchar por sus sueños. Empezó estudiando en la desaparecida universidad indígena, Unicjao. Truncado su camino al ser cerrada esa institución, logró matricularse en enfermería en la Unisinú; tiempo durante el cual vendía dulces en los buses de la ruta Montería-Cereté, por lo cual sus conocidos le llamaban jocosamente 'Doctor Chocolate'. 

Cuando iba por el tercer semestre de enfermería, la situación económica se apretó demasiado y no pudo cancelar la deuda que ya tenía con la universidad, a pesar de que en ese momento ya recibía ayuda de personas que apoyaban sus deseos de seguir adelante. Una vez más su camino se truncaba. Le tocó retirarse. 

La baja nota en su estado de ánimo por la nueva interrupción académica no duró mucho. La persistencia de Leomar salió a relucir una vez más, cuando en plena cuarentena tomó la decisión de vender productos en los semáforos y matricularse en medicina, así de 'atrevido', contra viento y marea. 

Cuando empezó a vender en el semáforo con un cartel que dice que lo hace porque es estudiante de medicina y necesita solventar sus gastos, ya un buen número de monterianos conocía su historia, por lo que no le faltó el apoyo económico de quienes le apuestan a que sí puede lograrlo. 

Pero lo que puede recoger en el semáforo a duras penas le alcanza para sus gastos diarios y para algunos materiales. Por ello, con lo recolectado de donaciones personales y de algunos negocios logró pagar la deuda vieja que le quedó de enfermería y tramitar un nuevo crédito directo con la universidad. 

A punta de rifas y el apoyo de amigos y compañeros de estudio, contra todo pronóstico, logró recaudar los 12 millones de pesos que cuesta el semestre de medicina. 

Cuando se quiere se puede

Gracias a sus buenas notas y al buen promedio del primer semestre, Leomar se sumó otro logro: que el Icetex aceptara su postulación para un crédito y así se pudo matricular en el segundo semestre, que actualmente cursa.

Por el momento, su barca va navegando mar adentro, con la fe intacta, aunque para Leomar está claro que tendrá que capotear el 'mal tiempo' que significa pagar de su bolsillo el 5% del crédito de Icetex, al igual que la adquisición de libros, fotocopias, uniformes y demás elementos necesarios para desarrollar una carrera tan exigente como es la medicina.

Dice convencido que está dispuesto a continuar y que es consciente de que tendrá que seguir estudiando en las noches y hasta las 4:00 de la madrugada, dormir poco y luego salir a las 7:00 de la mañana a vender en el semáforo y combinar esa incómoda situación con el estudio virtual por momentos, otra dificultad que afronta, ya que empeñó el portátil que le habían regalado para pagar el último arriendo de la pieza donde vive en un barrio del sur, y a pesar de que el sencillo celular que tiene ya le está sacando la mano. 
Aún así, dice que nada lo detendrá.
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