Opinión | 12:00 AM, 2021-10-22 | Redacción

Luisito

Por: Arianna Córdoba Díaz*
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"Cuando quiero llorar, no lloro" plasmó Rubén Darío en su célebre poema "Juventud divino tesoro" y en estos momentos sí, quisiera que un incontenible caudal de lágrimas brotara por mis ojos para exorcizar por fin, el dolor que aplasta el corazón por tu inesperada partida.

Las lágrimas han sido esquivas, pero nunca por falta de afecto; es quizás porque aún rehusamos creer que la noticia de tu muerte sea cierta. Un remolino de recuerdos, tejidos contigo por más de 20 años –primero como estudiante, después como colega y amigo leal- retumba en la memoria y la razón no encuentra lógica a un hecho que ha ensombrecido la existencia de quienes te conocimos y a quienes quizás sin imaginar, tocaste el corazón con la varita mágica de tu marcada nobleza.

Luisito: aunque "el hubiera" dicen que no existe, creo estar segura que si hubieras sabido todo el aprecio y  sincero cariño que cosechaste a lo largo de tus 43 años de vida entre quienes compartieron contigo, no habrías tomado la decisión que ya no te tiene físicamente entre nosotros y que nos mantiene sumidos en la incertidumbre y la congoja. 

Si pudieras ver las redes sociales por estos días, te asombrarías al leer los sinceros y numerosos mensajes que personas de todos los niveles han prodigado a tu memoria. Ni hablar de tus honras fúnebres en la catedral de San Jerónimo, que con todo lo inmensa que se nos antoja, prácticamente resultó insuficiente para albergar a centenares de personas que acudieron a darte un último adiós. Te recordamos, te honramos y te quisimos. ¡Claro! Si lo hubieras sabido a tiempo… este escrito no tendría sentido. 

Y si nosotros hubiéramos sabido de tus profundas angustias, si se nos hubiera pasado por la mente que era tal tu desesperación que ibas a tomar tan fatal decisión, seguramente te habríamos rodeado como debimos haberlo hecho, habríamos hecho mil cosas que pudimos hacer para evitar tu partida, habríamos mediado para que un profesional pertinente te hiciera acompañamiento…  Pero tu carácter era tan especial, que para no incomodar a los demás, no compartías las penurias que abrasaban tu alma.

Con cuánto dolor ahora nos lamentamos, porque no pudimos a tiempo estrecharte en un abrazo y expresarte nuestro cariño y comprensión. Brindarte la ayuda que estaba en nuestras manos, es la deuda que nos quedó… si puedes aún, perdónanos. 

Hasta la dimensión en que te encuentres, esperamos sea en el Reino de Dios, lleno de la paz que tu alma ansiaba, liberado ya de angustias y penas, habrá de llegar nuestro pesar, también nuestro agradecimiento por todo lo que en vida nos enseñaste y nuestro inmenso cariño. Paz en tu tumba, Luis Javier Rodríguez Vargas.

*Jefe de programa de Comunicación Social – Unisinú

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