Opinión | 12:00 AM, 2021-10-12 | Sincelejo

Maestro Ernesto Bustamante

Maestro Ernesto Bustamante
Foto:Cortesía.
Por: Remberto Burgos de la Espriella
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Los lunes por la mañana en el Hospital Universitario de San Ignacio en Bogotá, alcanzaba a ver las manos arañadas y pulladas del Profesor Ernesto Bustamante. Había pasado el fin de semana en su finca en las afueras de Bogotá cuidando su cultivo de rosas, esas flores que, cuando nacen en Colombia, son las más apetecidas del mundo, con todo y sus espinas que accidentalmente lesionan las manos de quien con pericia y celo las protege.  Pienso que el lenguaje simbólico de la generosidad es la docencia, el desprendimiento de conocimientos de un maestro para trasladárselos a sus alumnos, esperando que lo superen y vuelen todavía más alto. Tuve la fortuna de tener al mejor a mi lado durante dos décadas y media.

Ernesto Bustamante viajó desde Medellín a formarse con el pionero de América Latina, Alfonso Asenjo. Bajo su tutela llegó a Santiago en donde principió su entrenamiento en Neurocirugía. Asenjo reconoció al inquisitivo clínico y diestro cirujano. Intento sin éxito imaginarme el rostro estricto del profesor chileno escudriñando las expresiones y gestos faciales del Maestro Bustamante, quien en silencio cuestionaba las telarañas de la semiología neurológica del paciente en estudio.
Pero hay que recordar al hombre, al ser humano impresionable y sensible ante las ocurrencias de sus hijos y nietos, y las palabras de agradecimiento de quienes fuimos recipientes de su sabiduría. Poco tiempo después del fallecimiento de su esposa, presenté su libro, el cual tuve el honor de prologar. Allí dejé que mi corazón hablara y utilicé la analogía de las rosas, el amor y los aneurismas cerebrales. Guardaba el temor de que la muerte de Jeanne se llevara a mi maestro también. Cuando terminé, se me acercó y me dijo: “Burgos, casi me ha hecho llorar.” 

Ese era el hombre desconocido para muchos de sus alumnos, el mismo que disfrutaba el silencio, la meditación y la lectura, y cuyo sistema de recompensa cargaba solo tres cajas de dopamina: su familia, las rosas y las neurociencias.
He pensado que cuando un neurocirujano latinoamericano muere, deja un pequeño Asenjo en el continente. Cuando viaje un par colombiano, con gratitud diré que dejó un cromosoma Bustamante. Sí, mi Profesor querido, el de la vida silenciosa y las enseñanzas elocuentes, a quien con seguridad también recordaré siempre que vea una rosa.  Así como cada vez que el día de San Valentín escuche un avión en el cielo con rumbo a Estados Unidos, lo imaginaré cargado de esos 700 millones de tallos que en esa fecha les sirven en otras latitudes a los enamorados para decir: “Te quiero”. 

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