Vida Hoy | 12:00 AM, 2022-05-15 | Redacción

Mi homenaje para ti

El segundo es una foto de una mujer bella, con el cuello largo y el pelo recogido en la sala de su casa, que para ese entonces era frente a la carretera troncal, donde luego montaron el Crucero del Amor y posteriormente la familia Arcia le vendió a los Álvarez, ahí mismo, al lado de la casa del Lalo Pérez, el popular Cepillo.
Mi homenaje para ti
Foto:Archivo privado
Por: Rahomir Benítez Tuirán
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Por Rahomir Benítez Tuirán

No se cuando llegó a Buenavista, pero la certeza que tengo es que ahí se va a quedar por toda la eternidad. Hoy, a mis cuarenta y tantos ya no tengo la memoria tan fresca, pero el primer recuerdo que tengo de ella paradójicamente son tres: 

El primero es en una formación entre lo que hoy es el patio salón y un monumento para izar bandera, que creo aún está ahí. Ese día, uno de los primeros del año, escuchamos en una grabadora doble casete la transmisión grabada de la entrega del Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez. Además del discurso de Gabo, en el fondo se podía escuchar a una madre regañando a su hijo mayor porque no hacía silencio.

El segundo es una foto de una mujer bella, con el cuello largo y el pelo recogido en la sala de su casa, que para ese entonces era frente a la carretera troncal, donde luego montaron el Crucero del Amor y posteriormente la familia Arcia le vendió a los Álvarez, ahí mismo, al lado de la casa del Lalo Pérez, el popular Cepillo.

 Y mi otro recuerdo fue el día, en que cuando hacía mi primer año de bachillerato, salió todo el colegio de paseo a la finca de Juan Martínez, por los lados de Campo Solo, y ella estuvo acompañándome porque para ese entonces yo solo tenía 10 años y no era tan común que un niño a esa edad ya estuviera en el Mariscal Sucre.

Todavía recuerdo que me dijo que su hijo mayor iba a entrar al bachillerato, años después, con la misma edad mía. Y desde ese día me adoptó como suyo, tal vez sin que ella ni yo nos diéramos cuenta nació un amor de familia, que hoy puedo decir con realidad todavía siento por ella y por los miembros de su hogar, a veces así no lo parezca.

En ese primer año de bachillerato me hizo leer mi primera novela: El coronel no tiene quien le escriba. Hice mi primer análisis literario y comenzó a despertar el amor que tenía guardado por las letras, por el lenguaje, por comunicarme.

No fue un año fácil, era muy niño y mi salón, que comandaba el gran Jairo Soto Ricardo, era de muchachos entre 12 y 14 años, así que sufrí para adaptarme. Una vez me cargaron entre todos para hacer una pirueta y esos bellacos me dejaron caer. Y allá a sus brazos fue a poner las quejas y a llorar. “Ahora eres el hijo de ella, sapo”, me gritaron mis compañeros.

Gracias a ella en los siguientes años pude leer dos de las mejores obras de mi vida: Crónica de una Muerte anunciada, que acá entre nos se puede leer de manera distinta. La puedes comenzar en cualquier capítulo y terminarla en cualquiera y la historia es la misma. Y por supuesto El Amor en los Tiempos del Cólera. Aprendí a declamar, a bailar mapalé, a actuar en pequeñas obras de teatro, a valorar los centros literarios, a amar la ortografía, entre muchas cosas.

Recuerdo que cada 23 de abril teníamos que hacer carteleras y concursábamos. Estas eran de obras literarias del mundo. Fuimos a muchos países gracias a que ella nos enseñó a volar con la imaginación de la lectura. Ese era nuestro google, nuestro internet, nuestra forma de conocer, porque en ese entonces, solo soñábamos con esos lugares que el profesor nos relataba. Hoy muchos de ustedes los han visitado y creo que a su mente vinieron esos recuerdos de esas clases de historia del profesor Villalobos. Yo tuve un dejavú en junio de 2018 cuando conocí la Plaza Roja en Moscú, vino a mi mente toda esa clase de historia. Pero eso es otra cosa, quiero seguir contándoles mi historia y la de ella.

Y es que no solo tuve la dicha de aprender español, fui de los que tuvo la fortuna de ser su alumno de inglés. Ahí también aprendí y aunque creo que fue un solo año, era un placer escucharla pronunciar bien.  Pero ella no era una mansa paloma, tenía o tiene, ya no se si por los años estará más suave, un temperamento bravo, frentero y sin preámbulos te decía lo que sentía. 

Y es que cuando en tercero de bachillerato dejaron a medio salón porque no pasaron las materias, mi salón se volvió teso: Jorge Soto (el rey de los roba lapicero en la cafetería y yo era su coime), Never Rubio (desordenado por Naturaleza), Milton Álvarez (rebelde y desordenado), Nicolás Acosta (desordenado) y otros más que hicieron del salón un verdadero frente duro de cuidar. Más de una pilatuna hicimos para volarnos e ir a ver en directo el Tour de Francia o la Vuelta a España. En una ocasión nos llevamos por delante al celador (Don Pedro) y eso le costó a muchos la matrícula condicional. Hasta uno de esos ‘peos químicos’ tiraron en su clase, porque a algunos no les gustaba.

Al salir del cuarto de bachillerato, con más de 30 obras literarias leídas y muchos centros literarios realizados, me tuve que ir a Planeta Rica a estudiar, porque el Mariscal no tenía quinto ni sexto. Comencé a sentir la diferencia, pero mi amor por la lectura y las letras quedó en mi vida.

Posteriormente, cuando tuve la oportunidad de conocer al Nóbel de Literatura en Cartagena, le conté esa anécdota de la grabación en el colegio y se rió mucho durante el almuerzo que compartimos. Le revelé que mi amor por sus novelas se los debo a ella.

Cuando escribí mi primer libro: Tierra de Campeones, se lo fui a llevar personalmente a su casa, porque era la forma de darle las gracias por tanto. 

Y luego con el Tributo al Porro hice lo mismo, más cuando la RAE nos aprobó en el diccionario la palabra Porro, también se lo quise dedicar a ella y que tanto esfuerzo para que nos gustara la literatura dio sus frutos.

Para mi, y es una convicción personal, que no tiene que ser la de todos los que me leen, ella es el alma del Mariscal Sucre. 

De pronto uno que otro colega de ella no lo ve o lo siente así, pero por unanimidad no han escogido ni al Papa, imagínense si habrá eso en el sentimiento de agradecimiento a una gran docente y sobre todo un gran ser humano. Hoy la veo poco, pero cuando lo hago se me alegra el corazón y no puedo dejar de darle las gracias por todo. Todos ustedes saben de quien les hablo, no creo que sea necesario decir su nombre en estas letras, por eso no lo he escrito, ya que algunos le dirán María Antonia, Toña o Seño Toña. Para mí siempre será La Seño María Antonia Granados Esquivel. Otros, tres muy afortunados, la llaman Mamá.

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