Opinión | 12:00 AM, 2021-10-22 | Redacción

¿Por qué los partidos no lanzan candidatos?

Por: Valmiro Sobrino Oliveros
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No me anima nada contra los partidos políticos tradicionales de Colombia. Por el contrario, Álvaro Gómez Hurtado, el más grande pensador político que produjo Colombia en los últimos 50 años del siglo XX y la más grande reserva moral que tuvo el país, hecho por el cual había suficiente razón para matarlo, dijo que “los partidos políticos eran un patrimonio histórico” de las naciones. 

El famoso pensador sabía que cuando los partidos políticos se corrompen, se menoscaban y se diluyen, los países quedan al amparo de fuerzas nuevas que irrumpen en el escenario de la política, casi todas como aves carroñeras, tratando de comer sobre el cadáver de las fuerzas tradicionales en bancarrota y, con discursos plagados de demagogia y populismo, ocupan el lugar de los partidos menguados y usurpan el poder, no para solucionar lo que los partidos tradicionales no hicieron, sino para ellos perpetuarse en el poder y hacer lo mismo o peor que los partidos que han suplantado.

Venezuela es un ejemplo en el vecindario: Cuando los grandes partidos venezolanos perdieron la credibilidad ante el pueblo y empezaron a salir de la arena política, aparecieron como sacados del cubilete, 44 “partidos” y movimientos, algunos con nombres tan ridículos como “Alianza del lápiz” con la pretensión de ocupar el espacio que los tradicionales dejaron, y ahí está a la vista la tragedia venezolana. 

Los partidos colombianos tradicionales viven una crisis de credibilidad porque no supieron interpretar los anhelos nacionales, se convirtieron en una montonera sin verdadera estructura de partidos, nadaron en prácticas corruptas de compraventa y manipulación de votos, en caciquismo, en mangualas electoreras, en el tráfico corrupto de los presupuestos, en burocracia rampante y, en fin, perdieron la brújula de la historia. 

Y entonces de los partidos liberal y conservador salieron otros partidos que tampoco rectificaron el rumbo y fueron más bien un lugar de refugio político de militantes inconformes que ya no cabían en los anteriores, pero sin propósito de los cambios profundos que la sociedad colombiana necesita.

Ahora, ellos conscientes de eso, no se atreven a lanzar en una convención nacional un candidato propio y navegan en un mar de imprecisiones y desaciertos, algunos apoyando vergonzantemente candidatos por debajo de la mesa para ocultar su verdadera identidad.

Cuando las democracias pierden sus partidos, se asoman a un abismo institucional y, los que los sustituyen, no son mejores pero tienen sobre las fuerzas del caos la habilidad suficiente para lograr sus turbios designios para suplantar maquiavélicamente los Estados de derecho por Estados totalitarios de advenedizos mandarines.


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