Opinión | 12:00 AM, 2020-11-13 | Redacción

Un sorteo sin premio

Por: Miguel Mercado Vergara
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Pandemia, pataletas de Trump, Perú convulsionado, polarización galopante en Colombia, en fin, todo un mosaico tedioso que reclama una crónica relajante. Leamos:

Carrizal es un pueblo a orillas de Montería. La bordea por un costado. Pertenece al Municipio de San Carlos, uno de los ayuntamientos más atrasados de Córdoba. Los alcaldes de esta municipalidad, otrora pintorescos personajes, era más el tiempo que dedicaban a las partidas de dominó, las riñas de gallos y los festines de corralejas que a atender con empeño las necesidades de la comunidad. Hoy, por los vientos renovadores que allí soplan, guardan alguna esperanza.

La cotidianidad de Carrizal, así como todos los pueblos caribeños, transcurre al compás de la mágica realidad de sucesos asombrosos.

Por estos días caniculares, una atractiva joven venezolana que ronda los 20 años, rompió la monotonía pueblerina ofreciendo en venta una boletería cuyo premio mayor despertó inusitado entusiasmo. El insólito sorteo tenía como pago pasar una noche de lujuria con la propia vendedora si se adquiría un boleto de 5 mil pesos y si la compra era por uno de 10 mil el goce era de dos noches. La boletería fue agotada en menos de lo que canta un gallo porque la noticia corrió de boca en boca como pan caliente. El número ganador era el correspondiente al premio mayor sorteado en un juego de azar denominado "El sinuano noche", emitido por uno de los canales regionales.

La expectativa era tanta que ninguno de los televisores estuvieron apagados a la espera, boleto en mano, por saber quién sería el afortunado. Tirado el sorteo todos lo ignoraban. Creció la tensión, y se miraban entre sí, ¿te la ganaste tú?, preguntó sospechoso un vecino al otro cuando lo vio que se ponía una camisa a cuadros y un sombrero enmohecido; no, voy a la tienda a comprar una aspirina, respondió. Yo vi al "gambeta", nombre que ganó por sus habilidades futbolísticas, untarse bastante brillantina en el pelo, gritó otro. Puede ser él, respondió el del frente mientras "el guillo", un bisojo vendedor de empanadas en una olla destartalada, escuchaba atento el murmullo.

Para disipar la incertidumbre, la mayoría de compradores decidieron hacer vigilia en los alrededores del inquilinato donde vivía la autora de la inusual rifa para observar quién llegaría a cobrar el premio. Al rato se escuchó una agría discusión. La vendedora se desgañitaba gritando: ¡malparido aquí en el desprendible dice boleta no cancelada, ¡tú me fiaste, ese premio no te lo pago! Al instante vieron salir despavorido de allí al "gambeta" y todos le gritaban: ¡te jodistes por tramposo y mala paga! 

Para asombro en la China pasó casi igual con la venta de un bebé.

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